Donde está el corazón del hombre, allí está también su tesoro. En efecto, el Señor no suele negar el buen don a quienes le piden.
Por tanto, puesto que el Señor es bueno y lo es sobre todo para aquellos que le esperan con paciencia, adherámonos a él, estemos con él con toda nuestra alma, con todo el corazón, con toda la fuerza, para permanecer en su luz, ver su gloria y gozar de la gracia de la felicidad suprema. Elevemos, pues, el alma a ese Bien, permanezcamos en él, adherámonos a él; a ese Bien, que está por encima de todo nuestro pensamiento y de toda consideración y que otorga paz y tranquilidad sin fin, una paz que supera toda nuestra comprensión y sentimiento.
Este es el Bien que lo penetra todo, y todos vivimos en él y de él dependemos, mientras él no tiene nada por encima de sí, sino que es divino. Nadie, en efecto, es bueno sino solo Dios: por eso todo lo que es bueno es divino y todo lo que es divino es bueno, por lo que se dice: «Tú abres la mano, se sacian de bienes» (Sal 103, 28); con razón, en efecto, por la bondad de Dios nos son dadas todas las cosas buenas porque a ellas no está mezclado ningún mal.
Estos bienes la Escritura los promete a los fieles diciendo: «Comeréis los frutos de la tierra» (Is 1, 19).
Hemos muerto con Cristo; llevamos siempre y en todo lugar en nuestro cuerpo la muerte de Cristo para que también la vida de Cristo se manifieste en nosotros. Así, ya no vivimos nuestra vida, sino la vida de Cristo, vida de castidad, de simplicidad y de todas las virtudes. Hemos resucitado con Cristo, vivamos, pues, en él, subamos en él para que la serpiente no pueda encontrar en la tierra nuestro talón para morderlo.
Huyamos de aquí. Aunque seas retenido por el cuerpo, puedes huir con el alma, puedes estar aquí y permanecer junto al Señor si tu alma se adhiere a él, si caminas detrás de él con tus pensamientos, si sigues sus caminos en la fe, no en la visión, si te refugias en él; porque es refugio y fortaleza aquel a quien David dice: En ti me he refugiado y no me he engañado (cf. Sal 76, 3 Vulgata).
Por tanto, ya que Dios es refugio, y Dios está en el cielo y sobre los cielos, entonces debemos huir de aquí hacia allá donde reina la paz, el descanso de las fatigas, donde celebraremos el gran sábado, como dijo Moisés: «Lo que la tierra produzca durante su descanso servirá de alimento para ti» (Lv 25, 6). En efecto, descansar en Dios y ver sus delicias es como sentarse a la mesa y estar lleno de felicidad y de tranquilidad.
Huyamos, pues, como ciervos a las fuentes de agua, para que también nuestra alma tenga sed de aquello de lo que estaba sediento David. ¿Cuál es esa fuente? Escucha a quien dice: «En ti está la fuente de la vida» (Sal 35, 10): dice mi alma a esta fuente: ¿Cuándo vendré y veré tu rostro? (cf. Sal 41, 3). La fuente, en efecto, es Dios.

Del tratado «Sobre la huida del mundo» de san Ambrosio, obispo