Meditemos atentamente el misterio de la bendición que Dios da a los hombres y veamos cuáles son los caminos que conducen a ella. Repasemos los acontecimientos desde el principio.
¿Por qué motivo fue bendecido nuestro patriarca Abraham? ¿No fue acaso porque obró la justicia y la verdad mediante la fe? Isaac, lleno de confianza, se dejó conducir de buen grado al sacrificio, conociendo el futuro. Jacob, en humildad, a causa de su hermano, abandonó su tierra y se fue a casa de Labán, al cual sirvió, y le fueron dados los doce cetros de Israel.
Ahora, si alguien, con ánimo sincero, examina uno a uno los dones que Dios ha concedido, reconocerá su magnificencia. De Jacob, en efecto, tuvieron origen todos los sacerdotes y levitas que sirven en el altar de Dios; de él viene el Señor Jesús según la carne; de él los reyes, los príncipes y los caudillos de la tribu de Judá. Y tampoco las demás tribus suyas se encuentran en menor honor, por el hecho de que el Señor promete: «Tu descendencia será numerosa como las estrellas del cielo» (Gn 15, 5; 22, 17; 26, 4).
Todos ellos, pues, se han adquirido gloria y grandeza no por sí mismos ni por sus obras ni por la justicia con la que actuaron, sino más bien por la voluntad de Dios. También nosotros, por tanto, llamados en Cristo Jesús, en gracia de su voluntad, somos justificados no por nuestro mérito, ni por nuestra sabiduría o inteligencia o piedad u otra obra que podamos haber cumplido, aunque sea con santidad de intención, sino por medio de la fe, con la cual Dios omnipotente ha justificado a todos desde el principio. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
¿Qué haremos entonces, hermanos? ¿Cesaremos de las buenas obras y abandonaremos la caridad? El Señor no permita jamás que nos suceda tal desgracia, sino que nos apresuremos a cumplir toda buena obra. Antes bien, sean las obras santas fuente de nuestra alegría. Imitemos en esto al Creador y Señor de todas las cosas, que se alegra de lo que hace.
Él ha establecido los cielos con su soberana potencia y los ha ordenado con su incomprensible sabiduría; separó también la tierra del agua que la rodea y la consolidó sobre el seguro fundamento de su voluntad. Llamó a la existencia, con un suyo mandato, a los animales que se mueven sobre la tierra; así también, habiendo preparado antes el mar, encerró en él con su potencia a los animales que en él viven.
Encima de todo, formó con sus manos santas y purísimas a aquel ser superior y excelso que es el hombre, como expresión de su imagen. Así dice, en efecto, Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y Dios creó al hombre, varón y hembra los creó (cf. Gn 1, 26-27).
Completada la creación, la halló buena, la bendijo y mandó a los seres vivientes: «Creced y multiplicaos» (Gn 1, 28).
Tengamos presente cómo todos los justos se adornaron de buenas obras, y cómo el mismo Señor se adornó de ellas por su parte y se alegró de ellas. Ante tal modelo, adherámonos con prontitud a su voluntad y con toda energía cumplamos las obras de la justicia.

San Clemente I, papa