Atended bien, carísimos: el misterio de la Pascua es nuevo y antiguo, eterno y temporal, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal. Antiguo según la ley, nuevo según el Verbo; temporal en la figura, eterno en la gracia; corruptible por la inmolación del cordero, incorruptible por la vida del Señor; mortal por su sepultura en la tierra, inmortal por su resurrección de entre los muertos.
La ley es antigua, pero el Verbo es nuevo; temporal es la figura, eterna la gracia; corruptible el cordero, incorruptible el Señor, que fue inmolado como un cordero, pero resucitó como Dios.
«Era como cordero llevado al matadero, como oveja muda delante de sus esquiladores, y no abrió su boca» (Is 53, 7).
La similitud ha pasado y ha hallado cumplimiento la realidad expresada: en lugar de un cordero, Dios, el hombre-Cristo, que lo compendia todo.
Por eso la inmolación del cordero, la celebración de la Pascua y la escritura de la ley tuvieron por fin a Cristo Jesús. En la antigua ley todo ocurría en vista de Cristo. En el orden nuevo todo converge a Cristo de una forma muy superior.
La ley se ha hecho Verbo y de antigua se ha vuelto nueva, pero ambas salieron de Sión y de Jerusalén. El precepto se mutó en gracia, la figura en verdad, el cordero en el Hijo, la oveja en el hombre y el hombre en Dios.
El Señor, siendo Dios, se hizo hombre y sufrió por quien sufre, fue prisionero por el prisionero, condenado por el culpable y, sepultado por quien está sepultado, resucitó de entre los muertos y clamó esta gran palabra: ¿Quién es el que me condenará? Acérquese a mí (cf. Is 50, 8). Yo, dice, soy Cristo que he destruido la muerte, que he vencido al enemigo, que he puesto bajo mis pies el infierno, que he domado al fuerte y he elevado al hombre a las sublimidades del cielo; yo, dice, soy el Cristo.
Venid, pues, oh gentes todas oprimidas por los pecados, y recibid el perdón. Soy yo, en efecto, vuestro perdón, yo la Pascua de la redención, yo el Cordero inmolado por vosotros, yo vuestro lavacro, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Os llevo en alto a los cielos. Os haré resucitar y os haré ver al Padre que está en los cielos. Os elevaré con mi diestra.
De la «Homilía sobre la Pascua» de Melitón de Sardes, obispo
La ley es antigua, pero el Verbo es nuevo; temporal es la figura, eterna la gracia; corruptible el cordero, incorruptible el Señor, que fue inmolado como un cordero, pero resucitó como Dios.
«Era como cordero llevado al matadero, como oveja muda delante de sus esquiladores, y no abrió su boca» (Is 53, 7).
La similitud ha pasado y ha hallado cumplimiento la realidad expresada: en lugar de un cordero, Dios, el hombre-Cristo, que lo compendia todo.
Por eso la inmolación del cordero, la celebración de la Pascua y la escritura de la ley tuvieron por fin a Cristo Jesús. En la antigua ley todo ocurría en vista de Cristo. En el orden nuevo todo converge a Cristo de una forma muy superior.
La ley se ha hecho Verbo y de antigua se ha vuelto nueva, pero ambas salieron de Sión y de Jerusalén. El precepto se mutó en gracia, la figura en verdad, el cordero en el Hijo, la oveja en el hombre y el hombre en Dios.
El Señor, siendo Dios, se hizo hombre y sufrió por quien sufre, fue prisionero por el prisionero, condenado por el culpable y, sepultado por quien está sepultado, resucitó de entre los muertos y clamó esta gran palabra: ¿Quién es el que me condenará? Acérquese a mí (cf. Is 50, 8). Yo, dice, soy Cristo que he destruido la muerte, que he vencido al enemigo, que he puesto bajo mis pies el infierno, que he domado al fuerte y he elevado al hombre a las sublimidades del cielo; yo, dice, soy el Cristo.
Venid, pues, oh gentes todas oprimidas por los pecados, y recibid el perdón. Soy yo, en efecto, vuestro perdón, yo la Pascua de la redención, yo el Cordero inmolado por vosotros, yo vuestro lavacro, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Os llevo en alto a los cielos. Os haré resucitar y os haré ver al Padre que está en los cielos. Os elevaré con mi diestra.
De la «Homilía sobre la Pascua» de Melitón de Sardes, obispo