¡Oh, don preciadísimo de la cruz! ¡Qué esplendor se muestra a la vista! Toda belleza y toda magnificencia. Árbol maravilloso al ojo y al gusto, y no imagen parcial de bien y de mal como el del Edén.
Es un árbol que da la vida, no la muerte, ilumina y no oscurece, abre el camino al paraíso, no expulsa de él.
Sobre esa madera sube Cristo, como un rey sobre el carro triunfal. Derrota al diablo, señor de la muerte, y libera al género humano de la esclavitud del tirano.
Sobre esa madera sube el Señor, como un valiente combatiente. Es herido en la batalla en las manos, en los pies y en el divino costado. Pero con esa sangre sana nuestros moretones, es decir, nuestra naturaleza herida por la serpiente venenosa.
Antes fuimos muertos por la madera, ahora en cambio por la madera recuperamos la vida. Antes fuimos engañados por la madera, ahora en cambio con la madera echamos fuera a la astuta serpiente. ¡Nuevos y extraordinarios cambios! En lugar de la muerte nos es dada la vida, en lugar de la corrupción la inmortalidad, en lugar del deshonor la gloria.
Por eso no sin razón exclama el santo Apóstol: «Para mí no hay otro motivo de jactancia que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de la cual el mundo me ha sido crucificado, como yo al mundo» (Gal 6, 14).
Esa suma sabiduría que floreció de la cruz hizo vanas la soberbia sabiduría del mundo y su arrogante necedad. Los bienes de toda clase, que nos vinieron de la cruz, han eliminado los gérmenes de la maldad y de la malicia. Al principio del mundo, solo figuras y señales premonitorias de esta madera anunciaban e indicaban los grandes acontecimientos del mundo. Esté atento, en efecto, usted, quienquiera que sea, que tiene gran deseo de conocer. ¿No evitó acaso Noé para sí, para todos sus familiares y también para el ganado, la catástrofe del diluvio, decretada por Dios, en virtud de una pequeña madera? Piense en la vara de Moisés. ¿No fue acaso un símbolo de la cruz? Cambió el agua en sangre, devoró las serpientes falsas de los magos, golpeó al mar y lo dividió en dos partes, devolvió luego las aguas del mar a su curso normal y sumergió a los enemigos, salvó en cambio a aquellos que eran el pueblo legítimo. Tal fue también la vara de Aarón, símbolo de la cruz, que floreció en un solo día y reveló al sacerdote legítimo. También Abraham prefiguró la cruz cuando ató al hijo sobre el montón de leña.
La muerte fue muerta por la cruz y Adán fue restituido a la vida. De la cruz todos los apóstoles se han gloriado, cada mártir fue coronado con ella, y cada santo santificado. Con la cruz nos hemos revestido de Cristo y nos hemos despojado del hombre viejo. Por medio de la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y estamos destinados a las moradas eternas.
De los «Discursos» de san Teodoro Estudita, abad
Es un árbol que da la vida, no la muerte, ilumina y no oscurece, abre el camino al paraíso, no expulsa de él.
Sobre esa madera sube Cristo, como un rey sobre el carro triunfal. Derrota al diablo, señor de la muerte, y libera al género humano de la esclavitud del tirano.
Sobre esa madera sube el Señor, como un valiente combatiente. Es herido en la batalla en las manos, en los pies y en el divino costado. Pero con esa sangre sana nuestros moretones, es decir, nuestra naturaleza herida por la serpiente venenosa.
Antes fuimos muertos por la madera, ahora en cambio por la madera recuperamos la vida. Antes fuimos engañados por la madera, ahora en cambio con la madera echamos fuera a la astuta serpiente. ¡Nuevos y extraordinarios cambios! En lugar de la muerte nos es dada la vida, en lugar de la corrupción la inmortalidad, en lugar del deshonor la gloria.
Por eso no sin razón exclama el santo Apóstol: «Para mí no hay otro motivo de jactancia que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de la cual el mundo me ha sido crucificado, como yo al mundo» (Gal 6, 14).
Esa suma sabiduría que floreció de la cruz hizo vanas la soberbia sabiduría del mundo y su arrogante necedad. Los bienes de toda clase, que nos vinieron de la cruz, han eliminado los gérmenes de la maldad y de la malicia. Al principio del mundo, solo figuras y señales premonitorias de esta madera anunciaban e indicaban los grandes acontecimientos del mundo. Esté atento, en efecto, usted, quienquiera que sea, que tiene gran deseo de conocer. ¿No evitó acaso Noé para sí, para todos sus familiares y también para el ganado, la catástrofe del diluvio, decretada por Dios, en virtud de una pequeña madera? Piense en la vara de Moisés. ¿No fue acaso un símbolo de la cruz? Cambió el agua en sangre, devoró las serpientes falsas de los magos, golpeó al mar y lo dividió en dos partes, devolvió luego las aguas del mar a su curso normal y sumergió a los enemigos, salvó en cambio a aquellos que eran el pueblo legítimo. Tal fue también la vara de Aarón, símbolo de la cruz, que floreció en un solo día y reveló al sacerdote legítimo. También Abraham prefiguró la cruz cuando ató al hijo sobre el montón de leña.
La muerte fue muerta por la cruz y Adán fue restituido a la vida. De la cruz todos los apóstoles se han gloriado, cada mártir fue coronado con ella, y cada santo santificado. Con la cruz nos hemos revestido de Cristo y nos hemos despojado del hombre viejo. Por medio de la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un solo redil y estamos destinados a las moradas eternas.
De los «Discursos» de san Teodoro Estudita, abad