Pablo conoció a Cristo mucho más a fondo que todos y, con su conducta, dijo claramente cómo debe ser aquel que ha tomado su nombre de Cristo. Lo imitó con tanta exactitud que mostró claramente en sí mismo los rasgos de Cristo y transformó los sentimientos de su propio corazón en los del corazón de Cristo, hasta el punto de que ya no parecía ser él quien hablaba. Pablo hablaba, pero era Cristo quien hablaba en él. Oigamos de su propia boca cómo tenía clara conciencia de esta su prerrogativa: «Vosotros queréis una prueba de que Cristo habla en mí» (cf. 2 Cor 13, 3) y también: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20).
Él nos mostró qué fuerza tiene este nombre de Cristo, cuando dijo que es la fuerza y la sabiduría de Dios, cuando lo llamó paz y luz inaccesible, en la cual habita Dios, expiación y redención, y gran sacerdote, y Pascua, y propiciación de las almas, resplandor de la gloria e imagen de la sustancia divina, creador de los siglos, alimento y bebida espiritual, piedra y agua, fundamento de la fe, piedra angular, imagen del Dios invisible, y Dios supremo, cabeza del cuerpo de la Iglesia, principio de la nueva creación, primicia de los que se han dormido, ejemplo de los resucitados y primogénito entre muchos hermanos, mediador entre Dios y los hombres, Hijo unigénito coronado de honor y de gloria, señor de la gloria y principio de todas las cosas, rey de justicia, y además rey de la paz, rey de todos los reyes, que tiene el posesión de un reino no limitado por ninguna frontera.
Lo designó con estas y similares denominaciones, tan numerosas que no es fácil contarlas. Si todas estas expresiones se compararan entre sí y se captara el significado de cada una de ellas, nos mostrarían la fuerza admirable del nombre de Cristo y de su majestad, que no puede ser explicada con palabras. Nos revelarían, sin embargo, solo lo que puede ser comprendido por nuestro corazón y por nuestra inteligencia.
La bondad de nuestro Señor, por lo tanto, nos ha hecho partícipes de este nombre que es el primero y más grande y más divino entre todos, y nosotros, adornados con el nombre de Cristo, nos llamamos «cristianos». De ello se sigue necesariamente que todos los conceptos, contenidos en esta palabra, pueden verse igualmente expresados de alguna manera en el nombre que nosotros llevamos. Y para que no parezca que nos llamamos falsamente «cristianos», es necesario que nuestra vida ofrezca confirmación y testimonio.
San Gregorio de Nisa, obispo