Las cosas creadas llevan la huella y la imagen de la sabiduría. Puesto que en nosotros y en todas las demás cosas se encuentra la imagen creada de la Sabiduría, con razón la verdadera y operante Sabiduría, atribuyéndose a sí misma lo que es propio de su naturaleza, dice: El Señor me creó en sus obras (cfr. Pr 8, 22). De este modo, el Señor reclama para sí, como cosa propia, todo aquello que nuestra sabiduría dice ser y tener.
Y esto no porque él, que es Creador, sea objeto de creación, sino por razón de su imagen impresa en las mismas obras. Dice, pues, así, como si hablara de sí mismo. Expresa la misma cosa cuando sentencia: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí» (Mt 10, 40), porque en nosotros está delineado su retrato. Así, aunque él no pueda ser contado entre las cosas creadas, no obstante, puesto que en las cosas se producen su forma y su figura, es decir, en cierto modo, él mismo, dice: «El Señor me creó al principio de su actividad, antes de toda su obra» (Pr 8, 22). Ahora, la razón por la cual en las cosas creadas hay el sello de la sabiduría es para que el mundo conociera al Padre. En realidad, es precisamente esto lo que enseña Pablo: Porque lo que de Dios puede conocerse, es manifiesto en ellos; Dios mismo se lo ha manifestado. Sus perfecciones invisibles, su eterno poder y divinidad, pueden ser contempladas, desde la creación del mundo, con el intelecto en las obras por él realizadas (cfr. Rm 1, 19-20). El pasaje de los Proverbios, citado arriba, no debe entenderse del Verbo creador, como si fuera una criatura, sino de la sabiduría que reside en nosotros. Ella existe verdaderamente, y por tanto se afirma con justicia su existencia creada en nosotros.
Sin embargo, si los herejes no quisieran prestar fe a estas afirmaciones, que nos respondan un poco: ¿hay o no hay en las cosas creadas alguna forma de sabiduría? Si no la hay, ¿por qué entonces el Apóstol afirma amargamente: «En el designio sabio de Dios, el mundo con toda su sabiduría no conoció a Dios»? (1 Cor 1, 21). Si no hay sabiduría alguna, ¿por qué en la Escritura se habla de tantos sabios? En efecto, «El sabio teme y se aparta del mal» (Pr 14, 16); «Con la sabiduría se edifica la casa» (Pr 24, 3).
También el Eclesiastés dice: «La sabiduría del hombre le alumbra el rostro» (Qo 8, 1). Luego reprende a los temerarios diciendo: «No preguntes: ¿Por qué eran mejores los tiempos antiguos que el presente? Porque una tal pregunta no está inspirada por la sabiduría» (Qo 7, 10).
En efecto, en las cosas creadas hay sabiduría. Lo atestigua el hijo de Sirac con las siguientes palabras: «Él la difundió sobre todas sus obras, a todo mortal según su generosidad la ha repartido a cuantos lo aman» (Sir 1, 7-8). Ahora, lo que se dona no es la naturaleza divina de la Sabiduría, que en sí es indivisa e unigénita, sino solo su imagen que resplandece en la creación. Si es así, ¿por qué debería parecer increíble que la misma Sabiduría creadora, que es modelo e imagen de la sabiduría y de la ciencia esparcida en el mundo, diga en cierto modo de sí misma: «El Señor me creó en sus obras?». Aquella que ha sido creada es la sabiduría que está en las realidades de nuestro universo. Por esta sabiduría «los cielos narran la gloria de Dios, y la obra de sus manos anuncia el firmamento» (Sal 18, 1). La otra Sabiduría, en cambio, no es creada, sino creadora.
Santo Atanasio, obispo