Voz de uno que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad en el desierto la senda para nuestro Dios» (Is 40, 3).
Declara abiertamente que las cosas referidas en la profecía, es decir, la venida de la gloria del Señor y la manifestación a toda la humanidad de la salvación de Dios, acontecerán no en Jerusalén, sino en el desierto. Y esto se cumplió históricamente y literalmente cuando Juan Bautista predicó la salvífica venida de Dios en el desierto del Jordán, donde precisamente se manifestó la salvación de Dios. En efecto, Cristo y su gloria aparecieron claramente a todos cuando, después de su bautismo, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo, descendiendo en forma de paloma, se posó sobre él y resonó la voz del Padre que daba testimonio del Hijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5).
Pero todo esto debe entenderse también en un sentido alegórico. Dios estaba a punto de venir a aquel desierto, desde siempre escabroso e inaccesible, que era la humanidad. Esta, en efecto, era un desierto completamente cerrado al conocimiento de Dios y barrado a todo justo y profeta. Aquella voz, sin embargo, impone abrir un camino hacia él al Verbo de Dios; manda allanar el terreno accidentado y escabroso que a él conduce, para que, viniendo, pueda entrar en él: Preparad el camino del Señor (cf. Ml 3, 1).
Preparación es la evangelización del mundo, es la gracia consoladora. Ellas comunican a la humanidad el conocimiento de la salvación de Dios.
«Súbele a un monte alto, tú que llevas buenas nuevas a Sión; alza la voz con fuerza, tú que llevas buenas nuevas a Jerusalén» (Is 40, 9).
Antes se había hablado de la voz que resuena en el desierto; ahora, con estas expresiones, se hace alusión, de manera bastante pintoresca, a los anunciadores más inmediatos de la venida de Dios y a su propia venida. En efecto, antes se habla de la profecía de Juan Bautista y luego de los evangelizadores.
Pero ¿cuál es la Sión a la que se refieren aquellas palabras? Ciertamente aquella que antes se llamaba Jerusalén. Ella también era un monte, como afirma la Escritura cuando dice: «El monte Sión, donde has fijado tu morada» (Sal 73, 2); y el Apóstol: «Os habéis acercado al monte de Sión» (Hb 12, 22). Pero en un sentido superior, la Sión que da a conocer la venida de Cristo es el coro de los apóstoles, elegido de entre el pueblo de la circuncisión.
Sí, esta, en efecto, es la Sión y la Jerusalén que acogió la salvación de Dios y que está situada sobre el monte de Dios, es decir, está fundada sobre el Verbo unigénito del Padre. A ella se le manda subir primero a un monte sublime y anunciar luego la salvación de Dios.
¿De quién es figura, en efecto, el que lleva buenas nuevas, si no de la hueste de los evangelizadores? ¿Y qué significa evangelizar, si no llevar a todos los hombres, y ante todo a las ciudades de Judea, el buen anuncio de la venida de Cristo a la tierra?
Del «Comentario sobre el profeta Isaías» de Eusebio, obispo de Cesarea
Declara abiertamente que las cosas referidas en la profecía, es decir, la venida de la gloria del Señor y la manifestación a toda la humanidad de la salvación de Dios, acontecerán no en Jerusalén, sino en el desierto. Y esto se cumplió históricamente y literalmente cuando Juan Bautista predicó la salvífica venida de Dios en el desierto del Jordán, donde precisamente se manifestó la salvación de Dios. En efecto, Cristo y su gloria aparecieron claramente a todos cuando, después de su bautismo, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo, descendiendo en forma de paloma, se posó sobre él y resonó la voz del Padre que daba testimonio del Hijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5).
Pero todo esto debe entenderse también en un sentido alegórico. Dios estaba a punto de venir a aquel desierto, desde siempre escabroso e inaccesible, que era la humanidad. Esta, en efecto, era un desierto completamente cerrado al conocimiento de Dios y barrado a todo justo y profeta. Aquella voz, sin embargo, impone abrir un camino hacia él al Verbo de Dios; manda allanar el terreno accidentado y escabroso que a él conduce, para que, viniendo, pueda entrar en él: Preparad el camino del Señor (cf. Ml 3, 1).
Preparación es la evangelización del mundo, es la gracia consoladora. Ellas comunican a la humanidad el conocimiento de la salvación de Dios.
«Súbele a un monte alto, tú que llevas buenas nuevas a Sión; alza la voz con fuerza, tú que llevas buenas nuevas a Jerusalén» (Is 40, 9).
Antes se había hablado de la voz que resuena en el desierto; ahora, con estas expresiones, se hace alusión, de manera bastante pintoresca, a los anunciadores más inmediatos de la venida de Dios y a su propia venida. En efecto, antes se habla de la profecía de Juan Bautista y luego de los evangelizadores.
Pero ¿cuál es la Sión a la que se refieren aquellas palabras? Ciertamente aquella que antes se llamaba Jerusalén. Ella también era un monte, como afirma la Escritura cuando dice: «El monte Sión, donde has fijado tu morada» (Sal 73, 2); y el Apóstol: «Os habéis acercado al monte de Sión» (Hb 12, 22). Pero en un sentido superior, la Sión que da a conocer la venida de Cristo es el coro de los apóstoles, elegido de entre el pueblo de la circuncisión.
Sí, esta, en efecto, es la Sión y la Jerusalén que acogió la salvación de Dios y que está situada sobre el monte de Dios, es decir, está fundada sobre el Verbo unigénito del Padre. A ella se le manda subir primero a un monte sublime y anunciar luego la salvación de Dios.
¿De quién es figura, en efecto, el que lleva buenas nuevas, si no de la hueste de los evangelizadores? ¿Y qué significa evangelizar, si no llevar a todos los hombres, y ante todo a las ciudades de Judea, el buen anuncio de la venida de Cristo a la tierra?
Del «Comentario sobre el profeta Isaías» de Eusebio, obispo de Cesarea