Cristo, después de haber demostrado con su enseñanza y con sus obras de ser el verdadero Dios y Señor del universo, mientras estaba a punto de dirigirse a Jerusalén, decía a sus discípulos: He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los gentiles, a los sumos sacerdotes y a los escribas, para ser azotado, insultado y crucificado (cf. Mt 20, 18-19). Decía que estas cosas eran conformes a las predicciones de los profetas, los cuales habían anunciado su muerte, que debía acontecer en Jerusalén. Habiendo, por tanto, la Sagrada Escritura predicho desde el principio la muerte de Cristo y su pasión antes de la muerte, predice también lo que aconteció a su cuerpo después de la muerte. Afirma, sin embargo, también que, como Dios, era impasible e inmortal.
Observando la verdad de la encarnación, deducimos las razones para proclamar recta y justamente la una y la otra cosa, es decir, la pasión y la impasibilidad. La razón por la cual el Verbo de Dios, impasible en sí mismo, soportó la pasión, era que el hombre no podía ser salvado de otra manera. Él lo sabía bien, y con él también aquellos a quienes quiso manifestarlo. El Verbo, en efecto, conoce todo del Padre, como el Espíritu escudriña las profundidades (cf. 1 Cor 2, 10), es decir, los misterios insondables.
Realmente era necesario que Cristo sufriera, y no podía no hacerlo, como él mismo afirmó. Por esto llamó necios y tardos de mente a cuantos ignoraban que Cristo debía sufrir de esta manera y entrar en su gloria. Él vino por la salvación de su pueblo. Por él se privó, en cierto sentido, de aquella gloria que poseía junto al Padre antes de que el mundo fuera. La salvación era el acontecimiento que debía madurar a través de la pasión del autor de la vida. Lo enseña san Pablo: Él es el autor de la vida, perfeccionado mediante el sufrimiento (cf. Hb 2, 10). La gloria del Unigénito, luego, que él había abandonado por nosotros, le fue restituida por medio de la cruz, en la carne que había asumido. Dice, en efecto, san Juan en su evangelio, cuando explica cuál era el agua de la que habló el Salvador: Fluirá como río del seno de quien cree. Dijo esto refiriéndose al Espíritu que recibirían los creyentes en él: en efecto, no había todavía el Espíritu, porque Jesús no había sido todavía glorificado (cf. Jn 7, 38-39), y llama gloria a la muerte en la cruz.
Por eso el Señor, mientras elevaba oraciones antes de sufrir la cruz, suplicaba al Padre que fuera glorificado con aquella gloria que tenía junto a él, antes de que el mundo existiera.

De los «Discursos» de san Anastasio, obispo de Antioquía