Ya habéis oído lo que principalmente tienen en el corazón los malos pastores; considerad ahora lo que descuidan: «No fortalecisteis a las ovejas débiles, no curasteis a las enfermas, no vendasteis a las heridas, no recogisteis a las dispersas. No buscasteis a las descarriadas» (Ez 34, 4), y a las que estaban sanas las hicisteis perecer, las matasteis, las degollasteis. La oveja está sujeta a enfermedades, tiene el corazón débil, de modo que fácilmente podrá sucumbir a la tentación, si esta la encuentra indefensa, desprevenida.

El pastor negligente, cuando ve a uno de su rebaño, no le dice: Hijo, si te presentas para servir al Señor, mantente firme en la justicia y en el temor, y prepárate para la tentación (cf. Sir 2, 1). Quien habla así consuela al débil y lo hace firme, porque él, habiendo abrazado la fe, no espere en la prosperidad de este mundo. Si en verdad le será enseñado a esperar en la felicidad del mundo, será arruinado por la misma felicidad: al sobrevenir las adversidades, quedará descompuesto o incluso perecerá, y por eso el pastor que así edifica al fiel, lo edifica sobre la arena y no sobre la roca, que es Cristo (cf. 1 Cor 10, 4). Los cristianos, en efecto, deben imitar las sufrimientos de Cristo y no ir en busca de los placeres.

El débil, en cambio, se fortalece cuando se le predica: Espera las tentaciones de este mundo, pero el Señor te librará de todas, si tu corazón no se alejará de él. Él, en efecto, precisamente para consolar tu corazón vino a padecer, vino a morir, vino a ser cubierto de escupitajos, vino a ser coronado de espinas, vino a sufrir los insultos y, finalmente, vino a ser clavado en la cruz. Todo esto lo sufrió por ti, y tú nada. Lo sufrió no para su ventaja, sino para la tuya.

¿Pero qué clase de pastores son, en cambio, aquellos que, temiendo ofender a los oyentes, no solo no los preparan para las tentaciones futuras, sino que además les prometen la felicidad de este mundo, felicidad que Dios no prometió ni al propio mundo!

Él predice que vendrán hasta el fin sobre este mundo dolores sobre dolores, ¿y tú quieres que el cristiano esté exento de ellos? ¡Precisamente porque es cristiano sufrirá algo más en este mundo!

Lo afirma el Apóstol: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3, 12). Ahora tú, pastor, que buscas tus intereses y no los de Cristo, permite, por tu bondad, a Cristo decir: Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. Pero tú, por tu cuenta, crees poder decir al fiel: Si vivirás piadosamente en Cristo, tendrás abundancia de todo. Y si no tienes hijos, los tendrás y los criarás a todos, y ninguno de ellos morirá. ¿Es de este modo que tú edificas? Cuida lo que haces, dónde pones el fundamento! Tú pones sobre la arena a aquel a quien intentas edificar. Vendrá la lluvia, desbordará el río, soplará el viento, se abatirán sobre esta casa, y ella caerá y será grande su ruina.

Qúitalo de la arena, ponlo sobre la roca, tenga su fundamento en Cristo aquel a quien quieres hacer cristiano. Haz que vuelva la mirada a los sufrimientos inmerecidos de Cristo, que mire a aquel que, sin pecado, paga las deudas que no son suyas. Haz que crea en la Escritura que dice: «Él azota a todo aquel a quien reconoce como hijo» (Heb 12, 6). Y entonces, o se prepare a ser azotado, o renuncie a ser aceptado.

Santo Agustín, obispo