«Y no recogisteis a las descarriadas, ni visitasteis a las enfermas, ni vistéis a las rotas, ni buscasteis a las perdidas» (Ez 34, 4). Desde este momento nos encontramos como entre las manos de ladrones y entre las fauces de lobos furiosos, y por estos peligros os pedimos oraciones. Además, las ovejas no son dóciles. Si vamos en busca de ellas cuando se extravían, dicen, por su error y por su ruina, que no nos pertenecen. ¿Por qué nos deseáis?, dicen, ¿por qué venís en busca de nosotros? Como si la razón por la que las deseamos y buscamos no fuera precisamente esta, es decir, el hecho de que están perdidas y se pierden. Si están en el error, dicen, si están cerca de la muerte, ¿por qué me deseas? ¿Por qué me buscas? Respondo: Porque estás en el error, quiero reprenderte; porque te has extraviado, quiero encontrarte. Replican: Quiero extraviarme así, quiero perderme así.
¿Así quieres extraviarte, así quieres perderte? Pero yo con mucha mayor fuerza no quiero esto. Te lo digo claramente: Quiero ser importuno. Porque me resuenan en la mente las palabras del Apóstol que dice: «Predica la palabra, instaurándola a tiempo y fuera de tiempo» (2 Tm 4, 2). ¿A quién a tiempo oportuno y a quién a tiempo no oportuno? Ciertamente a tiempo oportuno, a quien quiere; a tiempo inoportuno, a quien no quiere. Soy precisamente importuno y me atrevo a decírtelo: Tú quieres extraviarte, tú quieres perderte, yo en cambio no lo quiero. Al fin y al cabo no lo quiere aquel que me infunde temor. Si yo lo quisiera, he aquí lo que me diría, he aquí qué reproche me haría: «No recogisteis a las descarriadas, ni visitasteis a las enfermas, ni vistéis a las rotas, ni buscasteis a las perdidas». ¿Debo acaso tener más temor de ti que de él? «Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo» (2 Cor 5, 10).
Recogeré, pues, la oveja descarriada, iré en busca de la perdida; quieras o no, lo haré. Aunque en mi búsqueda sea desgarrado por los espinos del bosque, me meteré en los lugares más estrechos, buscaré por todas las zarzas, recorreré todo lugar, mientras me sostengan aquellas fuerzas que el temor de Dios me infunde. Recogeré la oveja descarriada, iré en busca de la perdida. Si no quieres la molestia de tener que soportarme, no te pierdas, no te extravíes. Es demasiado poco si me conformo con afligirme al verte extraviada o perdida. Temo que, descuidándote, llegue a matar también a la que es fuerte. Oye, en efecto, lo que viene después: Y las ovejas gordas las habéis matado (cfr. Ez 34, 3).
Si descuidaré la oveja extraviada, la oveja que se pierde, también la que es fuerte se sentirá arrastrada a vagar y a perderse.
Santo Agustín, obispo