Ecce, yo salvaré a mi pueblo. «Ninguno puede venir a mí, si el Padre no lo atrae» (Jn 6, 45). No pienses que eres atraído contra tu voluntad: el alma es atraída también por el amor. Ni debemos temer ser criticados por estas palabras evangélicas de la Sagrada Escritura por aquellos que están pesando las palabras, pero son totalmente incapaces de comprender las realidades divinas. Estos podrían objetarnos: ¿Cómo puedo admitir que mi fe sea un acto libre, si soy arrastrado? Respondo: No hay nada de extraño en que sintamos una fuerza de atracción sobre la voluntad. También el placer tiene tal fuerza de atracción.
¿Qué significa ser atraído por el placer? «Busca la alegría en el Señor, y te concederá los deseos de tu corazón» (Sal 36, 4). Existe, pues, una cierta delicia del corazón, por la cual goza de aquel pan celestial. El poeta Virgilio pudo afirmar: Cada uno es atraído por su propio placer. No, pues, por la necesidad, sino por el placer; no por la coacción, sino por el deleite. Con mayor razón podemos decir que es atraído a Cristo el hombre que encuentra su delicia en la verdad, en la bienaventuranza, en la justicia, en la vida eterna, ya que Cristo es precisamente todo esto.
¿O acaso los sentidos del cuerpo tienen sus placeres y el alma no debería tenerlos? Si el alma no tiene sus delicias, ¿por qué el salmo dice: «Se refugian los hombres a la sombra de tus alas, se sacian de la abundancia de tu casa, y los sacias con el torrente de tus delicias. En ti está la fuente de la vida, y a tu luz vemos la luz»? (Sal 35, 8-10).
Dame uno que ame, y entenderá lo que estoy diciendo. Dame uno que arda de deseo, uno que tenga hambre, que se sienta peregrino y sediento en este desierto, uno que suspire a la fuente de la patria eterna, dame uno que experimente dentro de sí todo esto, y él entenderá mi afirmación. Si, en cambio, hablo a un corazón frío e insensible, no podrá comprender lo que digo.
Muestras a una oveja una ramita verde y te la llevas detrás. Muestras a un niño unas nueces, y él es atraído y corre allí donde se siente atraído: es atraído por el amor, es atraído sin sufrir coacción física; es atraído por el vínculo que une el corazón. Si, pues, estas delicias y placeres terrenales, presentados a sus amadores, ejercen sobre ellos una fuerte atracción —siempre es verdad que cada uno es atraído por su propio placer—, ¿cómo no será capaz de atraernos Cristo, que nos es revelado por el Padre? ¿Qué desea más ardientemente el alma, sino la verdad? ¿De qué deberá ser codicioso el hombre, a qué fin deberá desear que su paladar interno sea sano para juzgar lo verdadero, sino saciarse de la sabiduría, de la justicia, de la verdad, de la vida inmortal?
Dice, pues, el Señor: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia», aquí abajo, «porque serán saciados», allí arriba (Mt 5, 6). Le concedo lo que ama, le devuelvo lo que espera. Verá lo que ahora, sin ver, acepta por fe. Se saciará de lo de lo que ahora tiene hambre, será saciado con lo de lo que ahora tiene sed. Pero ¿cuándo y dónde? En la resurrección de los muertos, porque: «Yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 44).
San Agustín, obispo