El corazón de Dios anula las distancias
Lo que sucede a quienes desde la cima de una alta montaña miran hacia abajo un mar profundo e insondable, sucede también a mi mente cuando desde la altura de la palabra del Señor, miro la profundidad de ciertos conceptos.
En muchos lugares marítimos se puede ver, desde la parte orientada al mar, un monte casi partido a la mitad y erosionado de arriba a abajo. En su parte más alta tiene una cumbre que se alza sobre la profundidad del mar. Y bien, la impresión de quien dirige la mirada hacia abajo sobre el abismo impenetrable desde esa altura que da vértigo es la misma que la mía cuando dirijo los ojos hacia abajo desde la altura del misterioso dicho del Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).
Dios aquí es propuesto a la contemplación de aquellos que han purificado su corazón. Pero «a Dios nadie le ha visto jamás» (Jn 1, 18), como afirma el gran Juan. Pablo, con su sublime inteligencia, confirma y añade: «A quien nadie ha visto jamás, ni puede ver» (1 Tm 6, 16). Esta es esa roca pulida, erosionada y escarpada que no ofrece en sí misma ningún apoyo o sustento para los conceptos de nuestra inteligencia. Incluso Moisés, en sus afirmaciones, la declaró impracticable, de modo que nuestra mente no puede acceder a ella por mucho que se esfuerce por aferrarse a algo y alcanzar la cima. Hay un dicho que corta en picado nuestra roca: No hay nadie que pueda ver a Dios y vivir (cf. Ex 33, 20).
Comprende ahora la vértigo de nuestra inteligencia que se alza sobre la profundidad de los temas tratados en este discurso?
Pero ver a Dios constituye la vida eterna. Si Dios es vida, quien no ve a Dios no ve la vida.
¡A qué estrecheces ha sido reducida la esperanza de los hombres!
El Señor, sin embargo, levanta y sostiene los corazones que vacilan, como actuó con Pedro, que estaba a punto de ahogarse. Lo puso de pie nuevamente sobre el agua como sobre un suelo sólido y resistente.
Si, encontrándonos tambaleándonos sobre el abismo de estas especulaciones, se acerca también a nosotros la mano del Verbo, se posará sobre la inteligencia y nos hará ver el verdadero significado de las cosas, entonces estaremos libres del temor y seguiremos su camino. Pero con tal de que nuestro corazón sea puro. Dice, en efecto: «Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios».
San Gregorio de Nisa