Procurad de reunir os con más frecuencia para el rendimiento de gracias y la alabanza a Dios. Cuando os reunís a menudo, las fuerzas de Satanás son aniquiladas y el mal por él producido es destruido en la concordia de vuestra fe. Nada es más precioso que la paz, que desarma a todo enemigo terrenal y espiritual.

Ninguna de estas verdades os quedará oculta si serán perfectos vuestra fe y vuestro amor por Jesucristo. Estas dos virtudes son el principio y el fin de la vida: la fe es el principio, el amor el fin. La unión de ambas es Dios mismo, y las otras virtudes que conducen al hombre a la perfección son una consecuencia de ellas.
El que profesa la fe no comete el pecado y el que posee el amor no puede odiar. «Por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12, 33): así los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se reconocerán por sus obras. Ahora no se trata de hacer una profesión de fe con palabras, sino de perseverar en la práctica de la fe hasta el fin.
Es mejor ser cristiano sin decirlo, que proclamarlo sin serlo. Es cosa buena enseñar, si quien habla practica lo que enseña. Uno solo es el maestro, el cual «habla y todo es hecho» (Sal 32, 9), y también las obras que él hizo en el silencio son dignas del Padre. El que posee verdaderamente la palabra de Jesús es capaz de entender también su silencio y de llegar así a la perfección. Él con su palabra obrará y con su silencio se hará conocer.
Nada está oculto al Señor; también nuestros secretos están delante de su mirada. Hagamos, pues, todo en la conciencia de que él habita en nosotros, para que podamos ser su templo y para que él en nosotros sea nuestro Dios. Así es de hecho y lo veremos con nuestros ojos si lo amamos justamente.
No os engañéis, hermanos míos; los que corrompen las familias no heredarán el reino de Dios (cf. 1 Cor 6, 9-10). Si los que así hicieron según la carne fueron castigados con la muerte, ¿cuánto más no deberá ser castigado el que con perversa doctrina corrompe la fe divina, por la cual Jesucristo fue crucificado? Un hombre manchado de un tal delito irá al fuego inextinguible, y así también quien lo escucha.
El Señor ha recibido sobre su cabeza una unción preciosa, para que se difundiera en su Iglesia el perfume de la inmortalidad. Guardaos, pues, de las pestíferas emanaciones del príncipe de este mundo, es decir, de sus errores, para que no os arrastre a la esclavitud, lejos de la vida que os espera. ¿Por qué no nos volvemos todos sabios, recibiendo el conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué corremos neciamente a la ruina, por la ignorancia del don que el Señor nos ha benignamente concedido?
Mi espíritu no es sino una nada, pero está asociado a la cruz, la cual si es escándalo para los incrédulos, para nosotros en cambio es salvación y virtud eterna (cf. 1 Cor 1, 20-23).
 
San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir