Toda nuestra esperanza está puesta en Cristo. Él es toda nuestra salvación y la verdadera gloria. Es una verdad, esta, obvia y familiar para vosotros que os encontráis en el rebaño de aquel que presta oído a la voz de Israel y lo apacienta. Pero puesto que hay pastores que desean ser llamados pastores, pero no quieren cumplir los deberes de los pastores, examinemos lo que se les dice desde el profeta. Vosotros escuchadlo con atención, nosotros lo oiremos con temor.
«Me fue dirigida esta palabra del Señor: Hijo del hombre, profetiza contra los pastores de Israel, predica y di a los pastores de Israel» (Ez 34, 1-2). Hemos escuchado ahora mismo la lectura de este pasaje, por lo que hemos decidido hablar un poco de ello con vosotros. Dios mismo nos ayudará a decir cosas verdaderas, aunque no digamos cosas nuestras. Si dijéramos cosas nuestras, seríamos pastores que apacientan a sí mismos, no al rebaño; pero si decimos cosas que vienen de él, él mismo os apacientará, sirviéndose de cualquiera.
«Dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que apacientan a sí mismos! ¿No deberían los pastores apacentar el rebaño?» (Ez 34, 2), es decir, los pastores no deben apacentar a sí mismos, sino al rebaño. Esta es la primera imputación contra tales pastores: ellos apacientan a sí mismos y no al rebaño. ¿Quiénes son aquellos que apacientan a sí mismos? Aquellos de los que el Apóstol dice: «Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo» (Fil 2, 21).
Ahora nosotros, a quienes el Señor, por su bondad y no por nuestro mérito, ha puesto en este oficio –del cual debemos dar cuenta, ¡y qué cuenta!–, debemos distinguir muy bien dos cosas: la primera, es decir, que somos cristianos, y la segunda, que estamos puestos a la cabeza. El hecho de ser cristianos nos concierne a nosotros mismos; el estar puestos a la cabeza, en cambio, os concierne a vosotros.
En cuanto a ser cristianos, debemos cuidar de nuestra utilidad; en cuanto a estar puestos a la cabeza, debemos preocuparnos por vuestra salvación.
Quizá muchos cristianos sencillos llegan a Dios recorriendo un camino más fácil que el nuestro y caminando tanto más rápidamente, cuanto menor es el peso de responsabilidad que llevan sobre los hombros. Nosotros, en cambio, tendremos que dar cuenta a Dios, ante todo, de nuestra vida, como cristianos, pero luego tendremos que responder de manera particular del ejercicio de nuestro ministerio, como pastores.

Inicio del «Discurso sobre los pastores» de San Agustín, obispo