Cuando Aquel que había dado vida al universo decidió, con una obra verdaderamente admirable, recapitular en Cristo todas las cosas y quiso restaurar la naturaleza del hombre a su condición primitiva de dignidad, reveló que le concedería, entre otros dones, también el Espíritu Santo; pues no era posible que el hombre recuperara de otro modo un posesión duradera de los bienes recibidos.
Dios, pues, fija el momento de la venida en nosotros del Espíritu, y es el momento de la venida del Cristo, que él nos anuncia diciendo: En aquellos días, es decir, en el tiempo de nuestro Salvador, derramaré mi Espíritu sobre toda criatura (cf. Jl 3, 1).
Cuando, pues, la hora de la espléndida misericordia de Dios trajo a la tierra entre nosotros al Hijo Unigénito en la naturaleza humana, es decir, un hombre nacido de una mujer según la predicción de las Sagradas Escrituras, Aquel que es Dios y Padre concedió de nuevo el Espíritu, y lo recibió en primer lugar el Cristo, como primicia de la naturaleza humana totalmente renovada. Lo atestigua Juan cuando declara: «Vi al Espíritu descender del cielo y posarse sobre él» (Jn 1, 32).
Cristo recibió el Espíritu en cuanto hombre y en cuanto era conveniente para un hombre recibirlo. El Hijo de Dios, que fue engendrado por el Padre permaneciendo consustancial a él y que existe antes de su nacimiento humano, e incluso absolutamente antes del tiempo, no se considera ofendido de que el Padre, después de su nacimiento en la naturaleza humana, le diga: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado» (Sal 2, 7).
El Padre afirma que Aquel que es Dios antes del tiempo y por él engendrado, es engendrado hoy, queriendo significar que en el Cristo nos acogía a nosotros como hijos adoptivos. El Cristo, en efecto, al haberse hecho hombre, asumió en sí toda la naturaleza humana. El Padre tiene su propio Espíritu y lo da de nuevo al Hijo, para que también nosotros lo recibamos de él como riqueza y fuente de bien.
Por esta razón quiso compartir la descendencia de Abraham, como se dice en la Escritura, y en todo se hizo semejante a nosotros, sus hermanos.
El Hijo Unigénito no recibe, pues, el Espíritu para sí mismo; en efecto, el Espíritu es el Espíritu del Hijo, y está en él, y se da por él, como ya hemos dicho: pero puesto que, hecho hombre, el Hijo tuvo en sí toda la naturaleza humana, recibió el Espíritu para renovar completamente al hombre y devolverlo a su primera grandeza.
Usando, pues, la sabiduría de la razón y apoyándonos en las palabras de la Sagrada Escritura, comprendemos que Cristo tuvo el Espíritu no para sí mismo, sino para nosotros; todo bien, en efecto, nos viene por medio de él.
Del «Comentario sobre san Juan» de san Cirilo de Alejandría, obispo
Dios, pues, fija el momento de la venida en nosotros del Espíritu, y es el momento de la venida del Cristo, que él nos anuncia diciendo: En aquellos días, es decir, en el tiempo de nuestro Salvador, derramaré mi Espíritu sobre toda criatura (cf. Jl 3, 1).
Cuando, pues, la hora de la espléndida misericordia de Dios trajo a la tierra entre nosotros al Hijo Unigénito en la naturaleza humana, es decir, un hombre nacido de una mujer según la predicción de las Sagradas Escrituras, Aquel que es Dios y Padre concedió de nuevo el Espíritu, y lo recibió en primer lugar el Cristo, como primicia de la naturaleza humana totalmente renovada. Lo atestigua Juan cuando declara: «Vi al Espíritu descender del cielo y posarse sobre él» (Jn 1, 32).
Cristo recibió el Espíritu en cuanto hombre y en cuanto era conveniente para un hombre recibirlo. El Hijo de Dios, que fue engendrado por el Padre permaneciendo consustancial a él y que existe antes de su nacimiento humano, e incluso absolutamente antes del tiempo, no se considera ofendido de que el Padre, después de su nacimiento en la naturaleza humana, le diga: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado» (Sal 2, 7).
El Padre afirma que Aquel que es Dios antes del tiempo y por él engendrado, es engendrado hoy, queriendo significar que en el Cristo nos acogía a nosotros como hijos adoptivos. El Cristo, en efecto, al haberse hecho hombre, asumió en sí toda la naturaleza humana. El Padre tiene su propio Espíritu y lo da de nuevo al Hijo, para que también nosotros lo recibamos de él como riqueza y fuente de bien.
Por esta razón quiso compartir la descendencia de Abraham, como se dice en la Escritura, y en todo se hizo semejante a nosotros, sus hermanos.
El Hijo Unigénito no recibe, pues, el Espíritu para sí mismo; en efecto, el Espíritu es el Espíritu del Hijo, y está en él, y se da por él, como ya hemos dicho: pero puesto que, hecho hombre, el Hijo tuvo en sí toda la naturaleza humana, recibió el Espíritu para renovar completamente al hombre y devolverlo a su primera grandeza.
Usando, pues, la sabiduría de la razón y apoyándonos en las palabras de la Sagrada Escritura, comprendemos que Cristo tuvo el Espíritu no para sí mismo, sino para nosotros; todo bien, en efecto, nos viene por medio de él.
Del «Comentario sobre san Juan» de san Cirilo de Alejandría, obispo