Dice el Apóstol: «El mundo ha sido crucificado para mí, como yo para el mundo» (Gal 6, 14). Además, para que sepamos que también viviendo podemos tener una muerte, pero buena, nos exhorta a llevar siempre y en todas partes en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, porque el que hubiere tenido en sí la muerte de Jesús, tendrá en su cuerpo también la vida del Señor Jesús (cf. 2 Cor 4, 10).
Entonces opere también en nosotros la muerte, para que cumpla su obra también la vida. Venga una buena vida después de la muerte, es decir, una buena vida después de la victoria, una buena vida al término de la batalla. La ley de la carne no sea ya capaz de oponerse a la ley del espíritu, y no haya ya ninguna lucha con el cuerpo mortal, sino que en el cuerpo mortal reine la victoria. Y no sabría decir yo mismo si esta muerte no tiene mayor potencia que la vida.
Ciertamente me siento impulsado por la autoridad del Apóstol que dice: «En nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida» (2 Cor 4, 12). ¡La muerte de uno solo, a cuántos pueblos llevó la vida! Por eso enseña que nosotros, puestos en esta vida, debemos desear esta muerte, para que la muerte de Cristo resplandezca en nuestro cuerpo, aquella muerte bienaventurada por medio de la cual el hombre exterior se va descomponiendo para que el interior se renueve de día en día (cf. 2 Cor 4, 16) y nuestra morada terrenal sea deshecha (cf. 2 Cor 5, 1) y así se nos abra la morada celestial.
Por tanto, imite la muerte aquel que se sustrae a la complicidad de esta carne y se desliga de aquellas cadenas de las que habla el Señor por medio de Isaías: «Romped las cadenas iniquas, quitad los lazos del yugo, dejad ir libres a los oprimidos y rompéis todo yugo» (Is 58, 6).
Por eso el Señor permitió que sobreviniera la muerte para que cesara el pecado. Pero para que a su vez la muerte no marcara el fin de la naturaleza, fue dada la resurrección de los muertos. Así, por medio de la muerte venía a cesar la culpa y por medio de la resurrección la naturaleza permanecía para siempre.
Esta muerte, pues, es el paso obligado para todos. Es necesario que tu vida sea un paso continuo, que cumplas un paso de la corrupción a la incorrupción, de la mortalidad a la inmortalidad, de las turbaciones a la quietud. No te disguste, por tanto, el nombre de la muerte; alégrate, en cambio, de los beneficios de un tránsito feliz. En realidad, ¿qué es la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por lo cual también Balaam dijo: «Muera yo la muerte de los justos» (Nm 23, 10), es decir: que yo sea sepultado de modo que deposite los vicios y me vista de la gracia de los justos, los cuales llevan siempre y en todas partes en su cuerpo y en su alma la muerte de Cristo.