Jesús se ofrece como hostia inmaculada

Muero, dice el Señor, por todos, para vivificar a todos por medio de mí. Con mi carne he redimido la carne de todos. La muerte, en efecto, morirá en mi muerte y la naturaleza humana, que había caído, resucitará juntamente conmigo.

Por esto, en efecto, me hice semejante a vosotros, hombre, es decir, de la estirpe de Abraham, para ser en todo semejante a los hermanos.

Comprendiendo bien el proyecto divino, el mismo san Pablo dice: «Puesto que los hijos tienen en común la sangre y la carne, también él se hizo partícipe de ellas, para destruir por la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo» (Heb 2, 14). En efecto, de ninguna otra manera se habría podido destruir a quien tenía el poder de la muerte, y con él la misma muerte, si no fuera por el sacrificio de Cristo. Uno solo se inmoló por la redención de todos, porque la muerte reinaba sobre todos.

Cristo, ofreciéndose a Dios Padre por nosotros como hostia inmaculada, dice en el salmo: «Sacrificio y ofrenda no quieres, los oídos me has abierto. No has pedido holocausto ni víctima por la culpa. Entonces he dicho: He aquí que vengo. En el rol del libro está escrito de mí que haga tu voluntad. Dios mío, esto es lo que deseo» (Sal 39, 7-9).

Luego fue crucificado por todos y a causa de todos, para que, habiendo muerto uno por todos, todos vivamos en él. En efecto, no podía suceder que la vida en sí misma fuera sometida a la muerte o sucumbiera a la corrupción. Que Cristo haya ofrecido su carne por la vida del mundo, lo sabemos con certeza por sus palabras: Padre santo, guárdalos (cf. Jn 17, 11). Y de nuevo: Por ellos me santifico a mí mismo (cf. Jn 17, 19).

Santifico, dice, es decir: me consagro y me ofrezco como hostia inmaculada de suave olor. Era santificado, en efecto, era llamado santo, según la ley, lo que era ofrecido sobre el altar. Cristo, pues, dio su cuerpo por la vida de todos y así de nuevo nos injertó la vida.

Después de que el Verbo vivificante de Dios habitó en la carne, la restableció en su bien, es decir, en la vida. Estableció con ella una comunión misteriosa y así la hizo partícipe de su misma vida.

Por eso el cuerpo de Cristo vivifica a los que comulgan con él. Expulsa la muerte de los mortales y la corrupción de los corruptibles en virtud de aquella potencia regeneradora que siempre lleva consigo.

San Juan de san Cirilo de Alejandría, obispo