Las sufrencias de nuestro Salvador son nuestros medicamentos. El profeta quiso enseñarnos esto cuando dijo: «Él tomó sobre sí nuestras dolencias y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo teníamos por afligido, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la paz cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas... era como cordero llevado al matadero, como oveja muda delante de sus esquiladores» (Is 53, 4-7).
El pastor que ve las ovejas dispersas toma una en brazos, la conduce a un pastizal tranquilo y, con el ejemplo de esta, atrae a sí a las restantes. Así el Verbo de Dios, habiendo visto errante la estirpe de los hombres, asumió la naturaleza de siervo, la unió estrechamente a sí y, por medio de ella, atrajo a todo el género humano, y condujo a los pastos divinos a aquellos que estaban malnutridos y expuestos a los lobos.
Por esto, pues, nuestro Salvador asumió nuestra naturaleza, por esto Cristo Señor soportó la pasión, y la hizo causa de salvación, por esto fue entregado a la muerte, entregado al sepulcro, y así derribó la antigua tiranía y prometió la incorruptibilidad a aquellos que estaban encadenados a la corrupción.
Reedificando el templo destruido y resucitando de la muerte, él manifestó también a los muertos y a cuantos esperaban su resurrección las verdaderas e infalibles promesas.
En verdad, dijo, la naturaleza que yo tomé de vosotros tuvo la resurrección por la divinidad que habitaba en ella y le estaba unida. Por la divinidad se liberó de la corruptibilidad y de la pasibilidad y alcanzó la incorruptibilidad y la inmortalidad. Así también vosotros seréis liberados de la dura esclavitud de la muerte, y eliminada la corrupción junto con las pasiones, seréis revestidos de la inmortalidad.
Él por medio de los apóstoles dio el don del bautismo a todos los hombres: «Id, pues, dijo, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El bautismo es una imagen y una figura de la muerte del Señor. «Si, en efecto», como dice el apóstol Pablo, «estamos completamente unidos a él con una muerte semejante a la suya, lo estaremos también con su resurrección» (Rm 6, 5).
Del «Tratado sobre la Encarnación del Señor» de Teodoreto, obispo de Cirro
El pastor que ve las ovejas dispersas toma una en brazos, la conduce a un pastizal tranquilo y, con el ejemplo de esta, atrae a sí a las restantes. Así el Verbo de Dios, habiendo visto errante la estirpe de los hombres, asumió la naturaleza de siervo, la unió estrechamente a sí y, por medio de ella, atrajo a todo el género humano, y condujo a los pastos divinos a aquellos que estaban malnutridos y expuestos a los lobos.
Por esto, pues, nuestro Salvador asumió nuestra naturaleza, por esto Cristo Señor soportó la pasión, y la hizo causa de salvación, por esto fue entregado a la muerte, entregado al sepulcro, y así derribó la antigua tiranía y prometió la incorruptibilidad a aquellos que estaban encadenados a la corrupción.
Reedificando el templo destruido y resucitando de la muerte, él manifestó también a los muertos y a cuantos esperaban su resurrección las verdaderas e infalibles promesas.
En verdad, dijo, la naturaleza que yo tomé de vosotros tuvo la resurrección por la divinidad que habitaba en ella y le estaba unida. Por la divinidad se liberó de la corruptibilidad y de la pasibilidad y alcanzó la incorruptibilidad y la inmortalidad. Así también vosotros seréis liberados de la dura esclavitud de la muerte, y eliminada la corrupción junto con las pasiones, seréis revestidos de la inmortalidad.
Él por medio de los apóstoles dio el don del bautismo a todos los hombres: «Id, pues, dijo, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El bautismo es una imagen y una figura de la muerte del Señor. «Si, en efecto», como dice el apóstol Pablo, «estamos completamente unidos a él con una muerte semejante a la suya, lo estaremos también con su resurrección» (Rm 6, 5).
Del «Tratado sobre la Encarnación del Señor» de Teodoreto, obispo de Cirro