El Señor, hermanos carísimos, ha definido la plenitud del amor con el que debemos amarnos unos a otros con estas palabras: «Nadie tiene amor más grande que este: dar la vida por los amigos» (Jn 15, 13). De aquí se deduce lo que el mismo evangelista Juan dice en su carta: Cristo «ha dado su vida por nosotros, y también nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16), amándonos verdaderamente unos a otros, como él nos amó, hasta dar su vida por nosotros.
Esto mismo se lee en los Proverbios de Salomón: Cuando te sientes a la mesa con un poderoso, considera bien lo que tienes delante; y pon la mano a hacer las mismas cosas que él hace (cf. Pr 23, 1-2).
¿Y cuál es la mesa del grande y del poderoso, si no aquella en la que se recibe el cuerpo y la sangre de aquel que dio la vida por nosotros? ¿Y qué significa sentarse a esta mesa, si no acercarse a ella con humildad? ¿Y qué quiere decir considerar bien lo que se tiene delante, si no reflexionar, como conviene, sobre una gracia tan grande? ¿Y qué es este poner la mano a hacer las mismas cosas, si no lo que he dicho antes, es decir: como Cristo ha dado su vida por nosotros, así también nosotros debemos estar dispuestos a dar la nuestra por los hermanos? Es lo que dice también el apóstol Pedro: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus huellas» (1 Pt 2, 21). Esto significa hacer las mismas cosas. Así lo hicieron con ardiente amor los santos mártires y, si no queremos celebrar en vano su memoria, si no queremos acercarnos infructuosamente a la mesa del Señor, a aquel banquete en el que ellos también se saciaron, es necesario que también nosotros, como ellos, estemos prontos a retribuir el don recibido.
A esta mesa del Señor, por tanto, no conmemoramos a los mártires como hacemos con los demás que ahora descansan en paz, es decir, no oramos por ellos, sino que más bien pedimos que ellos oren por nosotros, para obtener de seguir sus huellas. Ellos, en efecto, han tocado el vértice de aquel amor que el Señor ha definido como el más grande posible. Han presentado a sus hermanos aquella misma testimonio de amor, que ellos mismos habían recibido a la mesa del Señor.
No queremos decir con esto que podamos ser iguales a Cristo Señor, en caso de que llegáramos a dar testimonio de él hasta el derramamiento de la sangre. Él tenía el poder de dar su vida y de recobrarla, mientras que nosotros no podemos vivir cuanto queremos, y debemos morir también contra nuestra voluntad. Él, muriendo, mató en sí mismo la muerte, mientras que nosotros somos liberados de la muerte solo mediante su muerte. Su carne no conoció la corrupción, mientras que la nuestra, solo después de haber sufrido la corrupción, revestirá por medio de él la incorruptibilidad al fin del mundo. Él no tuvo necesidad de nosotros para salvarnos, pero nosotros, sin él, no podemos hacer nada. Él se ha mostrado como la vida para nosotros que somos los sarmientos, para nosotros que, sin él, no podemos tener la vida.
 Finalmente, aunque los hermanos lleguen a dar la vida por los hermanos, la sangre de un mártir no se derrama para la remisión de los pecados de los hermanos, cosa que él, en cambio, ha hecho por nosotros. Y con esto nos ha dado no un ejemplo que imitar, sino un don del que estarle agradecidos.
Los mártires, pues, en cuanto derramaron su sangre por los hermanos, han retribuido solo lo que recibieron de la mesa del Señor.
Mantengámonos en su estela y amémonos unos a otros, como Cristo nos amó, dándose a sí mismo por nosotros.

De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo