"«Io e il Padre verremo a lui e prenderemo dimora presso di lui» (Gv 14, 23). Sea abierta a quien viene tu puerta, abre tu alma, ensancha el seno de tu mente, para que tu espíritu goce de las riquezas de la sencillez, de los tesoros de la paz, de la dulzura de la gracia. Dilata tu corazón, acoge al sol de la luz eterna «que ilumina a todo hombre» (Gv 1, 9). Ciertamente esa luz verdadera brilla para todos. Pero si uno cierra las ventanas, se privará a sí mismo de la luz eterna. Entonces, si tú cierras la puerta de tu mente, cierras también a Cristo. Aunque pueda entrar, no quiere introducirse como importuno, no quiere forzar a quien no quiere.
Nacido de la Virgen, salió de su vientre irradiando su luz sobre las cosas de todo el universo, para resplandecer a todos. Aquellos que lo desean reciben la claridad del fulgor eterno que ninguna noche logra alterar. A este sol que vemos cada día le sigue la noche tenebrosa. Pero el sol de justicia no se pone nunca porque su luz de sabiduría no es nunca oscurecida por ninguna sombra.
Beato el que a su puerta Cristo llama. Nuestra puerta es la fe la cual, si es fuerte, fortalece toda la casa. Esta es la puerta por la cual entra Cristo. Por eso también la Iglesia dice en el Cantar de los Cantares: «¡Un ruido! Es mi amado que llama» (Ct 5, 2). Escucha a quien llama, escucha a quien desea entrar: «Ábreme, hermana mía, mi amiga, mi paloma, mi perfecta; porque mi cabeza está llena de rocío, mis rizos de gotas de la noche» (Ct 5, 2).
Reflexiona sobre el tiempo en el que el Dios Verbo llama más que nunca a tu puerta: cuando su cabeza está llena de rocío nocturno. En efecto, él se digna visitar a aquellos que se encuentran en la tribulación y en las tentaciones para que nadie, vencido acaso por la aflicción, llegue a sucumbir. Su cabeza, pues, se llena de rocío, o sea de gotas, cuando su cuerpo sufre. Es entonces cuando hay que velar, para que cuando el Esposo venga no se retire, viéndose cerrado fuera. En efecto, si duermes y tu corazón no vela, se va antes de llamar. Pero si tu corazón vela, él llama y pide que se le abra la puerta. Tenemos, pues, la puerta de nuestra alma, tenemos también las puertas de las cuales está escrito: «Levantad, puertas, vuestros frontales, alzad, puertas antiguas, y entre el rey de la gloria» (Sal 23, 7). Si quisiereis levantar estas puertas de vuestra fe, entrará en vosotros el rey de la gloria, llevando el triunfo de su pasión. También la justicia tiene sus puertas. En efecto, también de estas leemos escrito lo que el Señor Jesús ha dicho por medio del profeta: «Ábridme las puertas de la justicia» (Sal 117, 19).
El alma, pues, tiene sus puertas, el alma tiene su entrada. A ella viene Cristo y llama, él llama a las puertas. Ábrele, pues; él quiere entrar, quiere encontrar a la esposa despierta.
Del "Comentario sobre el salmo 118" de san Ambrosio, obispo
Nacido de la Virgen, salió de su vientre irradiando su luz sobre las cosas de todo el universo, para resplandecer a todos. Aquellos que lo desean reciben la claridad del fulgor eterno que ninguna noche logra alterar. A este sol que vemos cada día le sigue la noche tenebrosa. Pero el sol de justicia no se pone nunca porque su luz de sabiduría no es nunca oscurecida por ninguna sombra.
Beato el que a su puerta Cristo llama. Nuestra puerta es la fe la cual, si es fuerte, fortalece toda la casa. Esta es la puerta por la cual entra Cristo. Por eso también la Iglesia dice en el Cantar de los Cantares: «¡Un ruido! Es mi amado que llama» (Ct 5, 2). Escucha a quien llama, escucha a quien desea entrar: «Ábreme, hermana mía, mi amiga, mi paloma, mi perfecta; porque mi cabeza está llena de rocío, mis rizos de gotas de la noche» (Ct 5, 2).
Reflexiona sobre el tiempo en el que el Dios Verbo llama más que nunca a tu puerta: cuando su cabeza está llena de rocío nocturno. En efecto, él se digna visitar a aquellos que se encuentran en la tribulación y en las tentaciones para que nadie, vencido acaso por la aflicción, llegue a sucumbir. Su cabeza, pues, se llena de rocío, o sea de gotas, cuando su cuerpo sufre. Es entonces cuando hay que velar, para que cuando el Esposo venga no se retire, viéndose cerrado fuera. En efecto, si duermes y tu corazón no vela, se va antes de llamar. Pero si tu corazón vela, él llama y pide que se le abra la puerta. Tenemos, pues, la puerta de nuestra alma, tenemos también las puertas de las cuales está escrito: «Levantad, puertas, vuestros frontales, alzad, puertas antiguas, y entre el rey de la gloria» (Sal 23, 7). Si quisiereis levantar estas puertas de vuestra fe, entrará en vosotros el rey de la gloria, llevando el triunfo de su pasión. También la justicia tiene sus puertas. En efecto, también de estas leemos escrito lo que el Señor Jesús ha dicho por medio del profeta: «Ábridme las puertas de la justicia» (Sal 117, 19).
El alma, pues, tiene sus puertas, el alma tiene su entrada. A ella viene Cristo y llama, él llama a las puertas. Ábrele, pues; él quiere entrar, quiere encontrar a la esposa despierta.
Del "Comentario sobre el salmo 118" de san Ambrosio, obispo