«Abramo tomó la leña del holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en la mano el fuego y el cuchillo, y ambos siguieron juntos» (Gn 22, 6). Isaac, que lleva la leña para su propio sacrificio, es figura de Cristo que llevó su cruz, y sin embargo, llevar la leña para el holocausto es oficio del sacerdote. Así se convierte en víctima y en sacerdote. Pero también la expresión «ambos siguieron juntos» se refiere al mismo símbolo. Porque mientras Abraham, que se dispone a realizar el sacrificio, lleva el fuego y el cuchillo, Isaac no camina detrás de él, sino a su lado, para que se entienda que comparte con él el sacerdocio.
¿Qué viene ahora? Dijo Isaac a su padre Abraham: Padre (cf. Gn 22, 7). Esta voz del hijo en un momento así es la voz de la tentación. En efecto, ¿cómo crees que aquel joven, a punto de ser inmolado, no haya conmovido con su voz el corazón paterno? Y aunque Abraham era algo duro por su fe, respondió no obstante con una voz que delataba el afecto paterno: «¿Qué quieres, hijo?». Y él: «Aquí está», dijo, «el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abraham respondió: «Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío» (Gn 22, 7-8).
Me conmueve esta respuesta de Abraham, tan delicada y prudente. No sé qué preveía en su mente, porque no habla en presente, sino en futuro: «Dios proveerá el cordero». Al hijo que pregunta en presente, da la respuesta en futuro; porque el mismo Señor proveería el cordero en la persona de Cristo.
«Abraham extendió la mano y tomó el cuchillo para inmolara a su hijo. Pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y le dijo: Abraham, Abraham. Él respondió: Aquí estoy. El ángel dijo: No extiendas tu mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios» (Gn 22, 10-12). Comparemos estas palabras con lo que dice el Apóstol acerca de Dios: «Él no ahorró a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros» (Rm 8, 32). Puedes ver así cómo Dios compite con los hombres en su extraordinaria liberalidad. Abraham ofreció a Dios el hijo mortal, que sin embargo no moriría entonces, mientras Dios entrega a la muerte por todos nosotros a su Hijo inmortal. «Entonces Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado con los cuernos en un matorral» (Gn 22, 13). Hemos dicho, anteriormente, me parece, que Isaac prefiguraba a Cristo; pero también el carnero parece que de alguna manera es figura de Cristo. Vale la pena reflexionar un poco sobre la manera en que ambos pueden referirse a Cristo: Isaac que no fue inmolado y el carnero que fue ofrecido en sacrificio.
Cristo es el Verbo de Dios, pero «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). Cristo, pues, padece, pero en la carne; y encuentra la muerte, pero en la carne, de la cual el carnero era una figura, como también decía Juan: «He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Pero el Verbo conservó su impasibilidad, que es propia del Espíritu de Cristo, de quien Isaac es la figura. Por eso es víctima y pontífice según el espíritu, porque aquel que ofrece la víctima al Padre según la carne, es él mismo ofrecido en el altar de la cruz.

De las «Homilías sobre el Génesis» de Orígenes, sacerdote