Los salmos fueron compuestos por divina inspiración y se encuentran recogidos en las Sagradas Escrituras. Resulta que desde los inicios de la Iglesia han servido maravillosamente para nutrir la piedad de los fieles. Los cristianos mediante los salmos ofrecían continuamente a Dios el sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que rendían homenaje a su nombre (cf. He 13, 15; Os 14, 3). Una parte considerable de la misma sagrada Liturgia y del divino Oficio, según el uso ya acogido en la Ley antigua, está constituida por salmos. De ellos nació aquella «voz de la Iglesia» de la que habla Basilio, y la salmodia, «hija de aquella innodia», como la llama nuestro predecesor Urbano octavo, «que resuena incesantemente delante del trono de Dios y del Cordero». Son los salmos, sobre todo, los que, según san Atanasio, enseñan a los hombres consagrados al culto divino, «en qué medida se debe alabar a Dios, y con qué palabras rendirle decorosamente homenaje». Eminentemente dice a tal respecto Agustino: «Para ser alabado oportunamente por el hombre, Dios mismo se ha alabado; y puesto que se ha dignado de alabarse a sí mismo, por esto el hombre ha encontrado cómo puede alabarlo».
En los salmos se encuentra una sorprendente eficacia para suscitar en los ánimos de todos el deseo de las virtudes. Aunque, en efecto, toda nuestra Escritura, antigua y nueva, sea divinamente inspirada y útil para la instrucción (cf. 2 Tm 3, 16), sin embargo el libro de los salmos, según san Atanasio, es, por así decirlo, el jardín paradisíaco en el cual se pueden recoger los frutos de todos los otros textos inspirados. Así el salterio no solo enaltece los cantos de los otros libros bíblicos, sino que también une los suyos, que modula al sonido de la cítara. San Atanasio añade: «En verdad, a mí que enaltecemos cantos, los salmos parecen ser como unos espejos en los cuales uno contempla a sí mismo y su estado interior y de ahí se siente animado a recitarlos». San Agustín en las Confesiones exclama: «¡Cuánto he llorado al oír los himnos y los cantos en tu honor, vivamente conmovido por las voces de tu Iglesia, que cantaba dulcemente! Aquellas voces vibraban en mis oídos y la verdad descendía a mi corazón y todo se transformaba en sentimiento de amor y me procuraba tanta alegría que me hacía derramar lágrimas».
¿Quién no se sentiría altamente edificado al repetir alguno de aquellos numerosos pasajes que cantan tan líricamente y profundamente la infinita grandeza de Dios, su poder, su excelsa santidad, su bondad y misericordia con todas las otras infinitas prerrogativas divinas?
Aquel intenso sentimiento religioso que los permea es extraordinariamente eficaz para mover el corazón a la gratitud por los beneficios divinos, o para inspirar la humilde súplica en orden a nuevas gracias, o para suscitar saludables propósitos de conversión del pecado.
Los salmos encienden el amor a Cristo porque son como un cuadro que presenta bien delineada la imagen del Redentor. Justamente, por tanto, Agustino de ellos «sentía en todos los salmos la voz que exultaba y que gemía, que se alegraba en la esperanza o que suspiraba la meta».
San Pío X, papa
De la Constitución Apostólica «Divino Afflatu»