En la vida del hombre, la salud del cuerpo representa un bien, pero la felicidad no consiste en conocer la razón de la salud, sino en vivir en salud. Si uno, después de haber celebrado las alabanzas de la salud, toma alimentos que le causan enfermedades, ¿de qué le pueden servir las alabanzas de la salud? Del mismo modo debemos entender el presente discurso, cuando el Señor dice que la felicidad no consiste en conocer alguna verdad sobre Dios, sino en tener a Dios en uno mismo: «Bienaventurados», en efecto, «los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Me parece que Dios quiere mostrarse cara a cara a aquel que tiene el ojo del alma bien purificado, pero según lo que dice Cristo: El reino de Dios está dentro de vosotros (cf. Lc 17, 21). Quien ha purificado su corazón puede contemplar la imagen de la naturaleza divina en la belleza de su propia alma.
Si, pues, lavas las impurezas que han cubierto tu corazón, resplandecerá en ti la belleza divina. Como el hierro, liberado de la herrumbre, brilla al sol, así también el hombre interior, cuando haya removido de sí la herrumbre del mal, recuperará la semejanza con la forma original y primitiva y será bueno.
Por tanto, quien se ve a sí mismo, contempla en sí mismo lo que desea. De este modo se hace bienaventurado quien tiene el corazón puro, porque mientras mira su pureza, descubre, a través de esta imagen, su primera y principal forma. Aquellos que ven el sol en un espejo, aunque no fijen sus ojos en el cielo, ven el sol no menos bien que aquellos que miran directamente el astro luminoso. Así también vosotros, aunque vuestras fuerzas no sean suficientes para descubrir y contemplar la luz inaccesible, si volvéis a la gracia originaria encontraréis en vosotros lo que buscáis. La divinidad, en efecto, es pureza, es ausencia de vicios y de pasiones, es lejanía de todo mal. Si, pues, estas realidades están en ti, Dios está sin duda en ti. Cuando, por tanto, tu alma sea pura de toda clase de vicios, libre de pasiones y defectos y lejana de toda contaminación, entonces serás feliz por la agudeza y la limpidez de la vista, porque lo que escapará a la mirada de aquellos que no se han purificado, tú, en cambio, purificado, lo descubrirás. Quitada de los ojos espirituales la oscuridad material, tendrás la visión bienaventurada en la pura serenidad del corazón.
¿Y en qué consiste este sublime espectáculo? En la santidad, en la pureza, en la simplicidad, y en todos los luminosos esplendores de la naturaleza divina por medio de los cuales se ve a Dios.
San Gregorio de Nisa, obispo