Mientras seamos corderos, venceremos y, aunque estemos rodeados de numerosos lobos, lograremos superarlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos derrotados, porque estaremos desprovistos de la ayuda del pastor. Él no apacienta lobos, sino corderos. Por eso se irá y te dejará solo, porque le impides manifestar su poder.
Es como si Cristo hubiera dicho: No os turbéis por el hecho de que, enviándoos entre lobos, os mando ser como corderos y palomas. Podría haber dicho lo contrario y ahorraros todo sufrimiento, impedir que seáis expuestos como corderos a los lobos y haceros más fuertes que los leones. Pero es necesario que sea así, porque esto os hace más gloriosos y manifiesta mi poder. Lo mismo decía Pablo: «Suficiente es para ti mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Cor 12, 9). Soy yo, pues, quien os ha querido así mansos.
Por eso, cuando dice: «Os envío como corderos» (Lc 10, 3), quiere hacer entender que no deben desanimarse, porque sabe bien que con su mansedumbre serán invencibles para todos.
Y queriendo luego que sus discípulos actúen espontáneamente, para no parecer que todo proviene de la gracia y no creer que son premiados sin motivo alguno, añade: «Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas». (Mt 10, 16). Pero ¿qué puede hacer nuestra prudencia, podrían objetar, en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser prudentes, cuando somos azotados por tantas tormentas? ¿Qué podrá hacer un cordero con la prudencia cuando es rodeado por lobos feroces? Por grande que sea la sencillez de una paloma, ¿de qué le servirá cuando sea agredida por los buitres? Ciertamente, a esos animales no les sirve, pero a vosotros os será de gran utilidad.
Y veamos qué género de prudencia exige: la del «serpiente». Como la serpiente abandona todo, incluso el cuerpo, y no se opone con tal de salvar la cabeza, así también tú, con tal de salvar la fe, abandona todo, los bienes, el cuerpo y la misma vida.
La fe es como la cabeza y la raíz. Conservando esta, aunque pierdas todo, reconquistarás cada cosa con mayor abundancia. Por eso no manda ser solamente sencillos o solamente prudentes, sino que une estas dos cualidades, de modo que se conviertan en virtudes. Exige la prudencia de la serpiente, para que no recibas heridas mortales, y la sencillez de la paloma, para que no te vengues de quien te ofende y no alejes con la venganza a quienes te tienden emboscadas. De nada sirve la prudencia sin la sencillez.
Ninguno piense que estos mandamientos no pueden practicarse. Cristo conoce mejor que nadie la naturaleza de las cosas. Sabe bien que la violencia no se rinde ante la violencia, sino ante la mansedumbre.

De las «Homilías sobre el evangelio de Mateo» de San Juan Crisóstomo, obispo