El beato Job, siendo figura de la santa Iglesia, a veces habla con la voz del cuerpo, a veces en cambio con la voz de la cabeza. Y mientras habla de sus miembros, se eleva inmediatamente a las palabras de la cabeza. Por eso también aquí se añade: Esto sufro, y sin embargo no hay violencia en mis manos y pura ha sido mi oración (cf. Job 16, 17).
Cristo, en efecto, sufrió la pasión y soportó el tormento de la cruz por nuestra redención, aunque no hubiera cometido violencia con sus manos, ni pecado, ni tampoco hubiera engaño en su boca. Él solo entre todos levantó pura su oración a Dios, porque incluso en el mismo desgarro de la pasión oró por los perseguidores, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).
¿Qué se puede decir, qué se puede imaginar más puro que su misericordiosa intercesión en favor de aquellos que nos hacen sufrir?
Aconteció, por tanto, que la sangre de nuestro Redentor, derramada con crueldad por los perseguidores, fue luego por ellos asumida con fe y el Cristo fue por ellos anunciado como Hijo de Dios.
De esta sangre con propiedad se añade: «Oh tierra, no cubras mi sangre y no tenga fin mi grito». Al hombre pecador fue dicho: Eres tierra y a la tierra volverás (cf. Gn 3, 19). Pero la tierra no ha mantenido oculta la sangre de nuestro Redentor, porque cada pecador, asumiendo el precio de su redención, la hace objeto de su fe, de su alabanza y de su anuncio a los demás.
La tierra no cubrió su sangre, también porque la santa Iglesia ha predicado ya el misterio de su redención en todas las partes del mundo.
Es de notar, además, lo que se añade: «Y no tenga fin mi grito». La misma sangre de la redención que es asumida es el grito de nuestro Redentor. Por eso también Pablo habla de la «sangue de la aspersión de la voz más elocuente que la de Abel» (Heb 12, 24). Ahora bien, de la sangre de Abel fue dicho: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo» (Gn 4, 10).
Pero la sangre de Jesús es más elocuente que la de Abel, porque la sangre de Abel pedía la muerte del fratricida, mientras que la sangre del Señor impetró la vida para los perseguidores.
Debemos, pues, imitar lo que recibimos y predicar a los demás lo que veneramos, para que el misterio de la pasión del Señor no sea vano para nosotros.
Si la boca no proclama lo que el corazón cree, también su grito queda sofocado. Pero para que su grito no sea cubierto en nosotros, es necesario que cada uno, según sus posibilidades, dé testimonio a los hermanos del misterio de su nueva vida.

Del «Comentario al libro de Job», de san Gregorio Magno, papa