Las cosas viejas han pasado, he aquí que han nacido cosas nuevas: «El fin de la ley es Cristo» (Rm 10, 4). Que él se digne elevarnos hacia el espíritu aún más de lo que nos libera de la letra de la ley.
En él se encuentra toda la perfección de la ley, porque el mismo legislador, después de haber llevado a cabo todo, transformó la letra en espíritu, recapitulando todo en sí mismo. La ley fue vivificada por la gracia y puesta a su servicio en una composición armónica y fecunda. Cada una de las dos conservó sus características sin alteraciones ni confusiones. Sin embargo, la ley, que antes constituía una carga gravosa y una tiranía, se convirtió, por obra de Dios, en un peso ligero y en fuente de libertad.
De este modo, ya no somos «esclavos de los elementos del mundo» (Gal 4, 3), como dice el Apóstol, ni seguimos oprimidos por el yugo de la ley, ni prisioneros de su letra muerta.
El misterio del Dios que se hace hombre, la divinización del hombre asumido por el Verbo, representan la suma de los bienes que Cristo nos ha donado, la revelación del plan divino y la derrota de toda presuntuosa autosuficiencia humana. La venida de Dios entre los hombres, como luz resplandeciente y realidad divina clara y visible, es el gran y maravilloso don de la salvación que nos fue concedido.
La celebración de hoy honra la natividad de la Madre de Dios. Pero el verdadero significado y el fin de este evento es la encarnación del Verbo. En efecto, María nace, es amamantada y criada para ser la Madre del Rey de los siglos, de Dios.
La beata Virgen María nos hace disfrutar de un doble beneficio: nos eleva al conocimiento de la verdad, y nos libera del dominio de la letra, eximiéndonos de su servicio. ¿De qué modo y bajo qué condición? La sombra de la noche se retira al acercarse la luz del día, y la gracia nos trae la libertad en lugar de la esclavitud de la ley. La presente fiesta es como una piedra de límite entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Muestra cómo a los símbolos y a las figuras sucede la verdad, y cómo a la primera alianza sucede la nueva. Toda la creación, pues, cante de gozo, exulte y participe en la alegría de este día. Ángeles y hombres se unan juntos para tomar parte en la liturgia de hoy. Juntos la celebren aquellos que viven en la tierra y aquellos que se encuentran en los cielos. Este, en efecto, es el día en que el Creador del universo ha construido su templo; hoy, el día en que, por un proyecto estupendo, la criatura se convierte en la morada elegida del Creador.
Sant Andrés de Creta, obispo