Feliz ciertamente quien puede ser partícipe del sacro banquete, de modo que se adhiera a Cristo con todos los sentimientos del corazón, cuya belleza admiran sin cesar todas las bienaventuradas huestes de los cielos, cuya ternura conmueve los corazones, cuya contemplación trae consuelo, cuya bondad sacia, cuya dulzura recrea, cuyo recuerdo ilumina dulcemente, cuyo perfume hace revivir a los muertos y cuya bienaventurada visión hará felices a todos los ciudadanos de la Jerusalén celeste.
Puesto que esta visión es esplendor de gloria eterna, «reflejo de la luz perpetua, un espejo sin mancha» (Sb 7, 26), mira cada día en este espejo, oh Reina, esposa de Jesucristo. Contempla continuamente en él tu rostro, para adornarte así toda interior y exteriormente, revestirte y rodearte de vestiduras multicolores y bordadas, embellecerte con flores y con las vestiduras de todas las virtudes, como conviene a la hija y castísima esposa del Sumo Rey. En este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad. Contempla el espejo en todas sus partes y verás todo esto.
Observa ante todo el principio de este espejo y verás la pobreza de quien fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales pobres. ¡Oh maravillosa humildad, oh estupenda pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra, yace en un pesebre!
En el centro del espejo notarás la humildad, la bienaventurada pobreza y las innumerables fatigas y sufrimientos que él soportó por la redención del género humano.
Al final del mismo espejo podrás contemplar la inefable caridad por la cual quiso padecer en el árbol de la cruz y en ella morir con un género de muerte de todos el más humillante. Por eso el mismo espejo, puesto sobre la madera de la cruz, amonestaba a los que pasaban a considerar estas cosas, diciendo: «Vosotros todos que pasáis por la vía, mirad y ved si hay dolor como mi dolor» (Lm 1, 12). Respondamos, pues, a él, que clama y se lamenta, con una sola voz y un solo ánimo: «Me acuerdo de esto y se abate mi alma» (Lm 3, 20).
Haciendo así te encenderás de un amor cada vez más fuerte, oh Reina del Rey celestial.
Contempla además sus inefables delicias, las riquezas y los eternos honores, suspira con ardiente deseo y amor del corazón, y exclama: «Arrástrame tras ti, corramos al perfume de tus aromas» (Ct 1, 3 vulg.), oh Esposo celestial. Correré, y no desfalleceré hasta que me hayas introducido en tu morada, hasta que tu izquierda esté bajo mi cabeza y tu derecha me abrace tiernamente con amor (cf. Ct 2, 4. 6).
En la contemplación de estas cosas, acuérdate de mí, tu madre, sabiendo que he escrito de modo indeleble tu recuerdo en las tablas de mi corazón, teniéndote entre todas por la más querida.
De la «Carta a la bienaventurada Agnes de Praga» de Santa Clara de Asís, virgen