En Jesús está toda la Verdad

Il motivo principal por el cual, en la antigua Ley, era lícito interrogar a Dios y era justo que los sacerdotes y los profetas desearan visiones y revelaciones divinas, es que la fe no estaba aún fundada y la ley evangélica no estaba aún establecida. Era, por tanto, necesario que se interrogara a Dios y que Dios respondiera con palabras o con visiones y revelaciones, con figuras y símbolos o con otros medios de expresión. Él, en efecto, respondía, hablaba o revelaba misterios de nuestra fe, o verdades que a ella se referían o a ella conducían.

Ma ahora que la fe está basada en Cristo y la ley evangélica está establecida en esta era de gracia, no es ya necesario consultar a Dios, ni que él hable o responda como entonces. En efecto, donándonos a su Hijo, que es su única y definitiva Palabra, nos ha dicho todo de una sola vez y no tiene ya nada que revelar.
Este es el sentido genuino del texto en el que san Pablo quiere inducir a los hebreos a dejar los antiguos modos de tratar con Dios según la ley mosaica, y a fijar la mirada solamente en Cristo: «Dios que había ya hablado en los tiempos antiguos muchas veces y de diversas maneras a los padres por medio de los profetas, últimamente, en estos días, ha hablado a nosotros por medio del Hijo» (Heb 1, 1). Con estas palabras el Apóstol quiere hacer entender que Dios se ha vuelto en cierto sentido mudo, no teniendo ya nada que decir, porque aquello que un día decía parcialmente por medio de los profetas, lo ha dicho ahora plenamente dándonos todo en su Hijo.

Por eso, quien quisiera aún interrogar al Señor y pedirle visiones o revelaciones, no solo cometería una necedad, sino que ofendería a Dios, porque no fija su mirada únicamente en Cristo y va buscando cosas distintas y novedades. Dios, en efecto, podría responderle: «Este es mi Hijo predilecto, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5). Si ya te he dicho todo en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otro que revelar, ¿cómo puedo responderte o revelarte alguna otra cosa? Fija la mirada en él solo y en él encontrarás también más de lo que pides y deseas: en él te he dicho y revelado todo. Desde el día en que en el Tabor descendí con mi Espíritu sobre él y proclamé: «Este es mi Hijo predilecto, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5), puse fin a mis antiguos modos de enseñar y responder y lo he confiado todo a él. Escuchadle, porque ya no tengo más argumentos de fe que revelar, ni verdades que manifestar. Si antes hablé, fue únicamente para prometer a Cristo, y si los hombres me interrogaron, fue solo en la búsqueda y en la espera de él, en quien encontrarían todo bien, como ahora atestigua toda la enseñanza de los evangelistas y de los apóstoles.

San Juan de la Cruz