El Señor abrazó la condición humana y se manifestó en el mundo que era suyo. La naturaleza humana portaba al Verbo de Dios, pero era el Verbo quien sostenía la naturaleza humana. En Cristo estaba aquella humanidad que había desobedecido junto al árbol del paraíso terrenal, pero en él la misma humanidad, con la obediencia, consumada en el árbol de la cruz, destruyó la antigua rebelión. Al mismo tiempo anuló la seducción con la cual había sido malditamente seducida Eva, la virgen destinada al primer hombre. Pero todo ello fue en gracia de aquel mensaje de bendición que el ángel llevó a María, la virgen ya sometida a un hombre. En efecto, mientras Eva, desviada por el mensaje del diablo, desobedeció a la palabra divina y se alienó de Dios, María, en cambio, guiada por el anuncio del ángel, obedeció a la palabra divina y mereció llevar a Dios en su seno.
Aquella, pues, se dejó seducir y desobedeció; esta se dejó persuadir y obedeció. De este modo, la virgen María pudo llegar a ser abogada de la virgen Eva.
Cristo recapituló todo en sí mismo y así todo vino a tener su fin en él. Declaró la guerra a nuestro enemigo y venció a aquel que, al principio, por medio de Adán, nos había hecho a todos sus prisioneros. Aplastó la cabeza de la serpiente según la palabra de Dios referida en el Génesis: Poneré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te aplastará la cabeza, y tú le herirás en el talón (cf. Gn 3, 15).
Con estas palabras se proclama de antemano que aquel que nacería de una virgen, como nuevo Adán, aplastaría la cabeza de la serpiente. Este es aquel descendiente de Adán del que habla el Apóstol en su carta a los Gálatas: La ley de las obras fue establecida hasta que viniera al mundo la semilla para la cual había sido hecha la promesa (cf. Gal 3, 19).
Aún más claramente indica esta realidad en la misma carta, en el pasaje donde dice: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). En efecto, el enemigo no habría sido vencido con justicia, si el vencedor no hubiera sido un hombre nacido de mujer, ya que desde el principio de la historia el demonio ha dominado sobre el hombre por medio de una mujer, oponiéndose a él con su poder.
Por esto se proclama Hijo del hombre, él que recapitula en sí al hombre primordial, del cual vino la primera mujer y, a través de esta, la humanidad. El género humano había caído en la muerte a causa del hombre vencido. Ahora volvía a la vida a causa del hombre vencedor.

Del tratado «Contra las herejías» de san Ireneo, obispo