Séa bendito, Señor mío Jesucristo, por haber predicho antes de tiempo tu muerte, por haber transformado de manera admirable, durante la Última Cena, el pan material en tu cuerpo glorioso, por haberlo distribuido amorosamente a los apóstoles en memoria de tu pasión dignísima, por haberles lavado los pies con tus manos santas y preciosas, demostrando así la inmensa grandeza de tu humildad.
Honor a ti, Señor mío Jesucristo, por haber sudado sangre de tu cuerpo inocente en el temor de la pasión y de la muerte, obrando, sin embargo, nuestra redención que deseabas llevar a cabo, mostrando así claramente tu amor por el género humano.
Séa bendito, Señor mío Jesucristo, por haber sido conducido por Caifás y por haber permitido en tu humildad, tú que eres juez de todos, de ser sometido al juicio de Pilato.
Gloria a ti, Señor mío Jesucristo, por haber sido burlado cuando, revestido de púrpura, fuiste coronado de espinas agudísimas, y por haber soportado con infinita paciencia que tu rostro glorioso fuera cubierto de escupitajos, que tus ojos fueran vendados, que tu cara fuera golpeada pesadamente por las manos sacrílegas de hombres inicuos.
Alabanza a ti, Señor mío Jesucristo, por haber permitido con tanta paciencia de ser atado a la columna, de ser azotado de manera deshumana, de ser conducido cubierto de sangre al juicio de Pilato, de haberte mostrado como un cordero inocente conducido a la inmolación. Honor a ti, Señor mío Jesucristo, por haberte dejado condenar en tu santo cuerpo, ya todo inundado de sangre, a la muerte de cruz; por haber llevado con dolor la cruz sobre tus sagradas espaldas, y por haber querido ser clavado en la madera del patíbulo después de haber sido arrastrado cruelmente al lugar de la pasión y despojado de tus vestiduras.
Honor a ti, Señor Jesucristo, por haber dirigido humildemente, en medio de tales tormentos, tus ojos llenos de amor y de bondad a tu dignísima Madre, que nunca conoció el pecado, ni nunca consintió en la más pequeña culpa, y por haberla consolado confiándola a la protección fiel de tu discípulo.
Bendición eterna a ti, Señor mío Jesucristo, por haber dado, durante tu mortal agonía, la esperanza del perdón a todos los pecadores, cuando prometiste misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón que se había dirigido a ti.
Alabanza eterna a ti, Señor mío Jesucristo, por cada hora en que soportaste por nosotros pecadores en la cruz las más grandes amarguras y sufrimientos; en efecto, los dolores agudísimos de tus heridas penetraban horriblemente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón santísimo, hasta que, fallando el corazón, exhalaste felizmente el espíritu y, inclinando la cabeza, lo entregaste en toda humildad en las manos de Dios Padre, quedando luego, muerto, todo frío en el cuerpo.
Séa bendito, Señor mío Jesucristo, por haber redimido las almas con tu sangre preciosa y con tu santísima muerte, y por haberlas misericordiosamente reconducido del exilio a la vida eterna. Séa bendito, Señor mío Jesucristo, por haber permitido que la lanza te perforara, por nuestra salvación, el costado y el corazón, y por la sangre preciosa y el agua que de ese costado han manado para nuestra redención.
Gloria a ti, Señor mío Jesucristo, por haber querido que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por obra de tus amigos, fuera entregado en los brazos de tu Madre dolorosa, y por ella envuelto en paños, y que fuera encerrado en el sepulcro y custodiado por los soldados. Honor eterno a ti, Señor mío Jesucristo, por haber resucitado de los muertos al tercer día y por haberte encontrado vivo con quienes has preseleccionado; por haber subido, después de cuarenta días, al cielo, a la vista de muchos, y por haber colocado allí, entre los honores, a tus amigos que habías liberado de los infiernos.
Júbilo y alabanza eterna a ti, Señor Jesucristo, por haber enviado en el corazón de los discípulos el Espíritu Santo y por haber comunicado a su espíritu un inmenso y divino amor.
Séa bendito, alabado y glorificado en los siglos, mi Señor Jesús, que te sientas en el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu majestad, corporalmente vivo con todas tus santísimas miembros, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así vendrás en el día del juicio para juzgar las almas de todos los vivos y de todos los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

De las «Oraciones» atribuidas a Santa Brígida