¿Quieres conocer la fuerza de la sangre de Cristo? Recordemos su figura, recorriendo las páginas del Antiguo Testamento.
Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año y con su sangre señalad las puertas (cf. Ex 12, 1-14). ¿Qué dices, Moisés? ¿Cuándo ha salvado la sangre de un cordero al hombre razonable? Ciertamente, parece responder, no porque sea sangre, sino porque es imagen de la sangre del Señor. Mucho más de entonces el enemigo pasará sin causar daño si ve en los postigos no la sangre del antiguo símbolo, sino la de la nueva realidad, viva y resplandeciente en los labios de los fieles, en la puerta del templo de Cristo.
Si quieres comprender aún más profundamente la fuerza de esta sangre, considera de dónde comenzó a fluir y de qué fuente brotó. Fue derramada en la cruz y brotó del costado del Señor. A Jesús muerto y aún colgado en la cruz, cuenta el evangelio, se acercó un soldado que le abrió el costado con un golpe de lanza: salió de él agua y sangre. El uno símbolo del Bautismo, el otro de la Eucaristía. El soldado abrió el costado: desveló el templo sagrado, donde he descubierto un tesoro y donde tengo la alegría de encontrar espléndidas riquezas. Lo mismo sucedió con el Cordero: los judíos degollaron a la víctima y yo gozo de la salvación, fruto de aquel sacrificio.
Y salió de su costado sangre y agua (cf. Jn 19, 34). Amado, no pases demasiado rápidamente por este misterio. Tengo otro significado místico que explicarte. He dicho que aquella agua y aquella sangre son símbolo del Bautismo y de la Eucaristía. Ahora la Iglesia ha nacido de estos dos sacramentos, de este baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo por medio del Bautismo y de la Eucaristía. Y los símbolos del Bautismo y de la Eucaristía salieron del costado. Por tanto, es de su costado que Cristo ha formado la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esto Pablo, hablando del primer hombre, usa la expresión: «Hueso de mis huesos, carne de mi carne» (Gn 2, 23), para indicarnos el costado del Señor. Así como Dios formó a la mujer del costado de Adán, así Cristo nos ha donado el agua y la sangre de su costado para formar la Iglesia. Y como el costado de Adán fue tocado por Dios durante el sueño, así Cristo nos dio la sangre y el agua durante el sueño de su muerte.
Ved de qué manera Cristo une a sí a su Esposa, ved con qué alimento nos nutre. Por su sangre nacemos, con su sangre alimentamos nuestra vida. Así como la mujer nutre al hijo con su propia leche, así Cristo nutre constantemente con su sangre a aquellos que ha regenerado.

De las «Catequesis» de san Juan Crisóstomo, obispo