La Eucaristía es nuestro pan de salvación espiritual
Al decir la oración del Señor, pedimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Esto puede entenderse tanto en sentido espiritual como en sentido material, pues uno y otro significado, en la economía divina, sirven para la salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es de todos, pero ciertamente es nuestro. Y así como decimos «Padre nuestro», porque es Padre de los que entienden y creen, así también invocamos el «pan nuestro», porque Cristo es pan de los que, como nosotros, reciben su cuerpo.
Pedimos, por tanto, que cada día nos sea dado este pan. Vivimos en Cristo y recibimos cada día su Eucaristía como alimento de salvación. No suceda que, a causa de pecados graves, nos sea negado el pan celestial, y así, privados de la comunión, seamos también separados del cuerpo de Cristo. Él mismo ha proclamado, en efecto: Yo soy el pan de vida, que he descendido del cielo. Si uno come de mi pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (cf. Jn 6, 51).
Dice que si alguien come de su pan vivirá eternamente. Es evidente, por tanto, que viven aquellos que saborean su cuerpo y reciben la Eucaristía por derecho de comunión. De aquí se deduce que si alguien se abstiene de la Eucaristía se separa del cuerpo de Cristo, y permanece lejos de la salvación. Es un hecho de que preocuparse. Oremos al Señor para que no suceda. Es Él mismo quien pronuncia esta amenaza, diciendo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis la vida en vosotros (cf. Jn 6, 53). Por esto pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que nosotros, que permanecemos y vivimos en Cristo, no nos alejemos de su vida divina.
Después de estas cosas oramos también por nuestros pecados, diciendo: «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Después de haber pedido el auxilio del alimento, pedimos también el perdón de las culpas.
¡Cómo es verdaderamente necesario, y cómo es prudente y saludable ser advertidos de que somos pecadores, y ser impulsados a orar por nuestros pecados! De este modo, mientras pedimos el perdón a Dios, el alma hace resurgir la conciencia de sí misma. Y para que no suceda que alguien se complazca como si estuviera sin culpas y, subiendo en alto, no caiga después más gravemente, se le instruye y amonesta de que peca cada día, y por eso se le manda orar cada día por los pecados.
Así amonesta también Juan en su carta, diciendo: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados (cf. 1 Jn 1, 8). En su carta ha unido ambas cosas: que debemos orar por nuestros pecados y que obtenemos indulgencia cuando oramos. Con esto, ha llamado también fiel al Señor porque cumple su promesa de perdonarnos los pecados. Aquel, en efecto, que nos ha enseñado a orar por las deudas y las culpas, ha prometido su misericordia paternal y su perdón.
San Cipriano, obispo y mártir