Como todos saben, esta virgen inerme tuvo que sostener una lucha muy áspera: de repente se desató contra ella una tormenta turbia y ciega, que intentó manchar y violar su candor angelical. Involucrada en tan gran batalla, habría podido repetir al Redentor divino las palabras del libro áureo de la Imitación de Cristo: «Si fuere tentada y atormentada por muchas tribulaciones, no temeré mientras esté conmigo tu gracia. Ella es mi fuerza; ella me da consejo y ayuda. Es más fuerte que todos los enemigos». Así sostenida por la gracia divina, a la cual correspondía generosamente, donó su vida, pero no perdió la gloria de la virginidad.
En esta vida de humilde muchacha, que brevemente hemos esbozado, podemos admirar no solo un espectáculo digno del cielo, sino que también es digno de ser considerado y admirado en nuestro siglo. Aprendan los padres y las madres cómo deben educar rectamente, santamente y fuertemente a los hijos que Dios les ha confiado, y cómo deben conformarlos a los preceptos de la religión católica, de modo que, cuando su virtud se encuentre en peligro, puedan, con la ayuda de la gracia, salir victoriosos, íntegros e incontaminados.
Aprenda la despreocupada niñez, la animosa juventud, a no tender miserablemente a los fugaces placeres de los sentidos, ni a los fascinantes halagos de los vicios, sino más bien a aspirar, incluso entre las dificultades, a esa perfección cristiana que todos podemos alcanzar con la voluntad decidida, sostenida por la gracia sobrenatural, con el esfuerzo y la oración.
No todos, ciertamente, estamos llamados a sufrir el martirio, pero todos estamos llamados a alcanzar la virtud cristiana. La virtud requiere fuerza, porque, si no llega al grado heroico de esta muchacha, no por ello deja de requerir una atención diurna y diligente que no debe dejarse nunca hasta el fin de la vida. Por eso puede llamarse casi un martirio lento y continuado, para consumar el cual nos advierte la divina palabra de Jesucristo: «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos se lo llevan» (Mt 11, 12).
A esto, pues, tendamos todos, sostenidos por la celestial gracia: a esto nos invite la santa virgen y mártir María Goretti. Desde el cielo, donde goza de una bienaventuranza eterna, obtenga del divino Redentor con sus oraciones que todos nosotros, según nuestra condición, sigamos su luminoso ejemplo con voluntad fuerte y conducta coherente.

Del "Discurso para la canonización de santa María Goretti" de Pío XII, papa