Todos nosotros que celebramos y veneramos con íntima participación el misterio del encuentro del Señor, corramos y avancemos juntos con fervor de espíritu al encuentro de él. Que nadie se sustraiga, que nadie se niegue a llevar su antorcha. Aumentemos, de hecho, el esplendor de las velas para significar el fulgor divino de él que se acerca y gracias al cual todo resplandece, después de que la abundancia de la luz eterna haya disipado las tinieblas de la oscuridad. Pero nuestras lámparas expresen sobre todo la luminosidad del alma, con la cual debemos ir al encuentro de Cristo. Como la Madre de Dios y Virgen intacta llevó en sus brazos la verdadera luz y se acercó a aquellos que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por su claridad y sosteniendo en las manos la luz que resplandece ante todos, debemos apresurarnos hacia aquel que es la verdadera luz.
La luz vino al mundo (cf. Jn 1, 9) y, disipadas las tinieblas que lo envolvían, lo iluminó. Nos visitó aquel que sale de lo alto (cf. Lc 1, 78) y resplandeció a cuantos yacían en las tinieblas. Por esto también nosotros debemos ahora caminar sosteniendo las antorchas y correr llevando las luces. Así indicaremos que a nosotros resplandeció la luz, y representaremos el esplendor divino del cual somos mensajeros. Por esto corramos todos al encuentro de Dios. He aquí el significado del misterio de hoy.
La verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9) ha venido. Todos, pues, hermanos, seamos iluminados por ella, todos resplandezcamos. Que nadie quede excluido de este esplendor, que nadie se obstine en permanecer sumergido en la oscuridad. Pero avancemos todos resplandecientes e iluminados hacia él. Recibamos exultantes en el alma, con el viejo Simeón, la luz deslumbrante y eterna. Elevemos cantos de acción de gracias al Padre de la luz, que envió la verdadera luz, y disipó toda tiniebla, y nos hizo a todos luminosos. La salvación de Dios, en efecto, preparada ante todos los pueblos y manifestada para gloria nuestra, nuevo Israel, gracias a él, la vimos también nosotros y de inmediato fuimos liberados de la antigua y tenebrosa culpa, precisamente como Simeón, visto el Cristo, fue desatado de los vínculos de la vida presente.
También nosotros, abrazando con la fe al Cristo que viene de Belén, pasamos de paganos a pueblo de Dios. Él, en efecto, es la salvación de Dios Padre. Vimos con los ojos al Dios hecho carne. Y precisamente por haber visto al Dios presente entre nosotros y haberlo acogido con los brazos del espíritu, nos llamamos nuevo Israel. Honramos esta presencia en las celebraciones aniversarias, y ya no será posible olvidarnos de ella.
De los «Discursos» de san Sofronio, obispo
La luz vino al mundo (cf. Jn 1, 9) y, disipadas las tinieblas que lo envolvían, lo iluminó. Nos visitó aquel que sale de lo alto (cf. Lc 1, 78) y resplandeció a cuantos yacían en las tinieblas. Por esto también nosotros debemos ahora caminar sosteniendo las antorchas y correr llevando las luces. Así indicaremos que a nosotros resplandeció la luz, y representaremos el esplendor divino del cual somos mensajeros. Por esto corramos todos al encuentro de Dios. He aquí el significado del misterio de hoy.
La verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9) ha venido. Todos, pues, hermanos, seamos iluminados por ella, todos resplandezcamos. Que nadie quede excluido de este esplendor, que nadie se obstine en permanecer sumergido en la oscuridad. Pero avancemos todos resplandecientes e iluminados hacia él. Recibamos exultantes en el alma, con el viejo Simeón, la luz deslumbrante y eterna. Elevemos cantos de acción de gracias al Padre de la luz, que envió la verdadera luz, y disipó toda tiniebla, y nos hizo a todos luminosos. La salvación de Dios, en efecto, preparada ante todos los pueblos y manifestada para gloria nuestra, nuevo Israel, gracias a él, la vimos también nosotros y de inmediato fuimos liberados de la antigua y tenebrosa culpa, precisamente como Simeón, visto el Cristo, fue desatado de los vínculos de la vida presente.
También nosotros, abrazando con la fe al Cristo que viene de Belén, pasamos de paganos a pueblo de Dios. Él, en efecto, es la salvación de Dios Padre. Vimos con los ojos al Dios hecho carne. Y precisamente por haber visto al Dios presente entre nosotros y haberlo acogido con los brazos del espíritu, nos llamamos nuevo Israel. Honramos esta presencia en las celebraciones aniversarias, y ya no será posible olvidarnos de ella.
De los «Discursos» de san Sofronio, obispo