Hermanos y amigos muy queridos, pensad y repensad: al principio de los tiempos Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1) y todas las cosas; preguntaos por qué y con qué designio haya modelado de manera tan singular al hombre a su imagen y semejanza.
Si en este mundo lleno de peligros y de miseria no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido y permanecer vivos. Si por gracia de Dios hemos venido al mundo, también por su gracia hemos recibido el bautismo y hemos entrado en la Iglesia; y así, hechos discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso. Pero ¿de qué serviría tener un nombre tan grande sin la coherencia de la vida? Vano sería haber nacido y haber entrado en la Iglesia; antes bien, sería traicionar al Señor y su gracia. Mejor habría sido no haber nacido que haber recibido la gracia del Señor y pecar contra él.
Mirad al labrador que siembra en el campo (cf. Gc 5, 7-8): a tiempo oportuno ara la tierra, luego la abona y, estimando poco la fatiga soportada bajo el sol, cultiva la semilla preciosa. Cuando las espigas están maduras y llega el tiempo de la siega, su corazón, olvidando la fatiga y el sudor, se alegra y exulta de felicidad. En cambio, si las espigas están vacías y no le queda otra cosa que paja y paja, el labrador, recordando el duro trabajo y el sudor, cuanto más había cultivado ese campo, tanto más lo dejará en abandono.
De igual modo ha hecho el Señor con nosotros: la tierra es su campo, nosotros los hombres los brotes, la gracia el abono. Mediante su encarnación y redención nos ha regado con su sangre, para que pudiéramos crecer y llegar a la madurez.
Cuando en el día del juicio llegue el tiempo de la cosecha, el que sea encontrado maduro en la gracia, gozará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios: pero el que haya quedado sin fruto, aunque haya sido hijo adoptivo, se volverá enemigo y será castigado eternamente como se merece.
Hermanos muy queridos, sabed con certeza que el Señor nuestro Jesús, habiendo venido al mundo, ha tomado sobre sí dolores innumerables, con su pasión ha fundado la santa Iglesia y la hace crecer con las pruebas y el martirio de los fieles. Aunque los poderes del mundo la opriman y la combatan, sin embargo, no podrán jamás prevalecer. Después de la Ascensión de Jesús, desde el tiempo de los Apóstoles hasta nuestros días, en toda parte de la tierra la santa Iglesia crece en medio de las tribulaciones.
Así, en el curso de los cincuenta o sesenta años desde que la santa Iglesia entró en nuestra Corea, los fieles han tenido que enfrentar varias veces la persecución y hoy ruge más que nunca. Por ello, numerosos amigos en la misma fe, yo también entre ellos, hemos sido arrojados a la cárcel y vosotros también permanecéis en medio de la tribulación. Si es verdad que formamos un solo cuerpo, ¿cómo no estaremos entristecidos en lo más íntimo de nuestros corazones? ¿Cómo no experimentaremos, según el sentimiento humano, el dolor de la separación?
Sin embargo, como dice la Escritura, Dios cuida del más pequeño cabello de la cabeza (cf. Mt 10, 30) y lo cuenta en su omnisciencia; ¿cómo, pues, podrá ser considerada una persecución tan violenta si no es una disposición divina, un premio o un castigo?
Abrid, pues, la voluntad de Dios y con todo el corazón sostened la lucha por Jesús, rey del cielo; también vosotros venceréis al demonio de este mundo, ya vencido por Cristo.
Os conjuro: no descuidéis el amor fraternal, sino que os ayudéis mutuamente; y hasta que el Señor os use de misericordia alejando la tribulación, perseverad.
Aquí somos veinte, y por gracia de Dios estamos todavía todos bien. Si alguno será muerto, os suplico que tengáis cuidado de su familia.
Tendría aún muchas cosas que decir, pero ¿cómo puedo expresarlas con la pluma y el papel? Termino mi carta. Ya estando cerca de la lucha, os ruego que caminéis en la fidelidad; y al final, entrando en el cielo, nos alegraremos juntos.
Os beso por última vez en señal de mi amor.
De la última exhortación de San Andrés Kim Taegŏn, sacerdote y mártir
Si en este mundo lleno de peligros y de miseria no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido y permanecer vivos. Si por gracia de Dios hemos venido al mundo, también por su gracia hemos recibido el bautismo y hemos entrado en la Iglesia; y así, hechos discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso. Pero ¿de qué serviría tener un nombre tan grande sin la coherencia de la vida? Vano sería haber nacido y haber entrado en la Iglesia; antes bien, sería traicionar al Señor y su gracia. Mejor habría sido no haber nacido que haber recibido la gracia del Señor y pecar contra él.
Mirad al labrador que siembra en el campo (cf. Gc 5, 7-8): a tiempo oportuno ara la tierra, luego la abona y, estimando poco la fatiga soportada bajo el sol, cultiva la semilla preciosa. Cuando las espigas están maduras y llega el tiempo de la siega, su corazón, olvidando la fatiga y el sudor, se alegra y exulta de felicidad. En cambio, si las espigas están vacías y no le queda otra cosa que paja y paja, el labrador, recordando el duro trabajo y el sudor, cuanto más había cultivado ese campo, tanto más lo dejará en abandono.
De igual modo ha hecho el Señor con nosotros: la tierra es su campo, nosotros los hombres los brotes, la gracia el abono. Mediante su encarnación y redención nos ha regado con su sangre, para que pudiéramos crecer y llegar a la madurez.
Cuando en el día del juicio llegue el tiempo de la cosecha, el que sea encontrado maduro en la gracia, gozará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios: pero el que haya quedado sin fruto, aunque haya sido hijo adoptivo, se volverá enemigo y será castigado eternamente como se merece.
Hermanos muy queridos, sabed con certeza que el Señor nuestro Jesús, habiendo venido al mundo, ha tomado sobre sí dolores innumerables, con su pasión ha fundado la santa Iglesia y la hace crecer con las pruebas y el martirio de los fieles. Aunque los poderes del mundo la opriman y la combatan, sin embargo, no podrán jamás prevalecer. Después de la Ascensión de Jesús, desde el tiempo de los Apóstoles hasta nuestros días, en toda parte de la tierra la santa Iglesia crece en medio de las tribulaciones.
Así, en el curso de los cincuenta o sesenta años desde que la santa Iglesia entró en nuestra Corea, los fieles han tenido que enfrentar varias veces la persecución y hoy ruge más que nunca. Por ello, numerosos amigos en la misma fe, yo también entre ellos, hemos sido arrojados a la cárcel y vosotros también permanecéis en medio de la tribulación. Si es verdad que formamos un solo cuerpo, ¿cómo no estaremos entristecidos en lo más íntimo de nuestros corazones? ¿Cómo no experimentaremos, según el sentimiento humano, el dolor de la separación?
Sin embargo, como dice la Escritura, Dios cuida del más pequeño cabello de la cabeza (cf. Mt 10, 30) y lo cuenta en su omnisciencia; ¿cómo, pues, podrá ser considerada una persecución tan violenta si no es una disposición divina, un premio o un castigo?
Abrid, pues, la voluntad de Dios y con todo el corazón sostened la lucha por Jesús, rey del cielo; también vosotros venceréis al demonio de este mundo, ya vencido por Cristo.
Os conjuro: no descuidéis el amor fraternal, sino que os ayudéis mutuamente; y hasta que el Señor os use de misericordia alejando la tribulación, perseverad.
Aquí somos veinte, y por gracia de Dios estamos todavía todos bien. Si alguno será muerto, os suplico que tengáis cuidado de su familia.
Tendría aún muchas cosas que decir, pero ¿cómo puedo expresarlas con la pluma y el papel? Termino mi carta. Ya estando cerca de la lucha, os ruego que caminéis en la fidelidad; y al final, entrando en el cielo, nos alegraremos juntos.
Os beso por última vez en señal de mi amor.
De la última exhortación de San Andrés Kim Taegŏn, sacerdote y mártir