Puesto que el modelo, a imagen del cual habéis sido hechos, es Dios, procurad imitar su ejemplo. Sois cristianos, y con vuestro mismo nombre declaráis vuestra dignidad humana, por lo que sed imitadores del amor de Cristo que se hizo hombre.
Considerad las riquezas de su bondad. Él, cuando estaba por venir entre los hombres mediante la encarnación, envió delante a Juan, araldo y maestro de penitencia y, antes de Juan, a todos los profetas, para que enseñaran a los hombres a arrepentirse, a volver al camino recto y a convertirse a una vida mejor.
Poco después, cuando vino él mismo, proclamó de persona y con su propia boca: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso» (Mt 11, 28). Por lo tanto, a los que escucharon su palabra, concedió un pronto perdón de los pecados y los liberó de lo que los angustiaba. El Verbo los santificó, el Espíritu los hizo firmes, el hombre viejo fue sepultado en el agua, y fue generado el hombre nuevo, que floreció en la gracia.
¿Qué siguió después? Aquel que había sido enemigo se hizo amigo, el extraño se hizo hijo, el impío se hizo santo y piadoso.
Imitemos el ejemplo que nos ha dado el Señor, el buen Pastor. Contemplemos los evangelios y, admirando el modelo de esmero y de bondad en ellos reflejado, procuremos asimilarlo bien.
En las parábolas y similitudes veo a un pastor que tiene cien ovejas. Habiéndose una de ellas alejado del rebaño y vagando perdida, él no permanece con las que pastaban en orden, sino que, púsose a buscar a la otra, supera valles y bosques, escala montes grandes y escarpados, y, caminando por largos desiertos con gran fatiga, busca y busca hasta que encuentra la oveja perdida.
Después de encontrarla, no la golpea, ni la fuerza a alcanzar el rebaño, sino que, tomándola sobre sus hombros y tratándola con dulzura, la lleva de vuelta al rebaño, sintiendo una alegría mayor por aquella sola encontrada que por la multitud de las otras.
Consideremos la realidad velada y oculta de la parábola. Aquella oveja no es en absoluto una oveja, ni aquel pastor un pastor, sino que significan otra cosa. Son figuras que contienen grandes realidades sagradas. Nos advierten, en efecto, que no es justo considerar a los hombres como condenados y sin esperanza, y que no debemos descuidar a los que se encuentran en peligro, ni ser perezosos en llevarles nuestra ayuda, sino que es nuestro deber reconducir por el camino recto a los que de él se han alejado y se han extraviado. Debemos alegrarnos de su retorno y unirlos a la multitud de los que viven bien y en la piedad.

De las «Homilías» de san Asterio de Amasea, obispo