No hay nada que nos impulse a amar a los enemigos, en lo que consiste la perfección del amor fraterno, como la dulce consideración de aquella admirable paciencia por la cual él, «el más bello entre los hijos de los hombres» (Sal 44, 3), ofreció su bello rostro a los escupitajos de los malvados. Permitió que los malhechores velaran aquellos ojos, a cuya señal todo obedece. Expuso sus costados a los azotes. Sometió la cabeza, que hace temblar a los Principados y las Potestades, a las puntas agudas de las espinas. Se entregó al oprobio y a las injurias. Finalmente soportó pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, él en todo dulce, manso y clemente.
Al final fue llevado como una oveja al matadero, y como un cordero se quedó callado delante del que lo rapaba y no abrió la boca (cf. Is 53, 7).
¿Quién, al oír aquella voz maravillosa llena de dulzura, llena de caridad, llena de inalterable serenidad: «Padre, perdónalos», no abrazaría de inmediato a sus enemigos con todo su afecto? «Padre», dice, «perdónalos» (Lc 23, 34). ¿Qué se podía añadir de dulzura, de caridad a una oración semejante? Sin embargo, él añadió algo. Le pareció poco orar, quiso también excusar. «Padre, dijo, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y en verdad son grandes pecadores, pero pobres conocedores. Por eso: «Padre, perdónalos». Lo crucifican, pero no saben a quién crucifican, porque si lo hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de la gloria (cf. 1 Cor 2, 8); por eso: «Padre, perdónalos». Lo tienen por transgresor de la ley, por presuntuoso que se hace Dios, lo estiman seductor del pueblo.
Ma yo he escondido de ellos mi rostro, no reconocieron mi majestad». Por eso: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).
Si el hombre quiere amarse a sí mismo de un amor auténtico, no se deje corromper por ningún placer de la carne. Para no sucumbir a la concupiscencia de la carne, dirija todo su afecto a la dulzura del pan eucarístico. Además, para reposar más perfectamente y suavemente en la alegría de la caridad fraterna, abrace de amor verdadero también a los enemigos.
Para que este fuego divino no se entibie ante las injusticias, mire siempre con los ojos de la mente la paciencia y la serenidad de su amado Señor y Salvador.

Del «Espejo de la caridad» de san Aelredo, abad