El Espíritu Santo guía a la Iglesia: la gobierna

«En aquellos días, Pedro se levantó en medio de los hermanos y dijo …» (Hch 1, 15). Dado que era el más celoso y Cristo le había confiado el rebaño, y dado que era el primero en la asamblea, toma la palabra por primera vez: Hermanos, es necesario elegir uno entre nosotros (cf. Hch 1, 21-22). Deja a los presentes el juicio, considerando dignos de toda confianza a los que serían elegidos y, finalmente, garantizándose contra toda odiosidad que pudiera surgir. De hecho, decisiones tan importantes son a menudo origen de numerosos conflictos.

¿Y no podía ser el mismo Pedro quien eligiera? Ciertamente que podía, pero se abstiene para no parecer parcial. Por otra parte, aún no había recibido el Espíritu Santo. «Se propusieron a José, llamado Barsabás, que era apodado el Justo, y a Matías» (Hch 1, 23). No los presentó él, sino todos. Él motivó la elección, demostrando que no era suya, sino que ya estaba contemplada por la profecía. Así, él fue solo el intérprete, no uno que impone su propio juicio.

Continúa: Es necesario, pues, que entre estos hombres que están reunidos con nosotros … (cf. Hch 1, 21). Observa cuánta prudencia se requiere ya en los testigos, aunque aún debía venir el Espíritu. Sin embargo, trata con gran diligencia esta elección.

Entre estos hombres, continúa, que han estado con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros. Habla de aquellos que habían vivido con Jesús, no por tanto de simples discípulos. Al principio muchos lo seguían: por eso afirma: Era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan y habían seguido a Jesús.

«Todo el tiempo que el Señor Jesús estuvo entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan» (Hch 1, 21). Y sí, porque los acontecimientos ocurridos antes, nadie los recordaba con exactitud, sino que los aprendieron del Espíritu. «Hasta el día en que (Jesús) fue llevado de entre nosotros al cielo, uno sea testigo de su resurrección con nosotros» (Hch 1, 22). No dice: testigo de todo, sino «testigo de su resurrección», simplemente.

De hecho, era más creíble uno que afirmara: Aquel que comía, bebía y fue crucificado, es precisamente el mismo que ha resucitado. Por eso no era necesario que fuera testigo del pasado ni del tiempo posterior, ni tampoco de los milagros, sino solo de la resurrección. Los otros acontecimientos eran conocidos y evidentes; la resurrección, en cambio, había ocurrido en secreto y era conocida solo por aquellos pocos.

Y oraban juntos diciendo: «Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra …» (Hch 1, 24). Tú, no nosotros. Muy justamente lo invocan como el que conoce los corazones: de él, en efecto, debe hacerse la elección, no de otros. Oraban con tanta confianza, porque era necesario que uno fuera elegido. No pidieron: Elige, sino: muestra al elegido, «aquel a quien has elegido», sabiendo bien que todo ya está establecido por Dios. «Y los sortearon». No se consideraban dignos de hacer ellos mismos la elección, por eso desearon ser guiados por una señal.

San Juan Crisóstomo, obispo