El evangelio cuenta que Jesús vino al Jordán para ser bautizado y en ese río quiso ser consagrado con prodigios celestiales. La razón exige que esta fiesta siga a la del Nacimiento del Señor, porque ambos acontecimientos se verificaron en el mismo tiempo, aunque a distancia de años. Por eso considero que la fiesta debe llamarse también Nacimiento.
En el día que llamamos Nacimiento, él nació entre los hombres; hoy renace en la manifestación divina; en aquel día nació de una virgen, hoy es engendrado en el misterio. Antes, naciendo a la manera de los hombres, es estrechado al seno de María; ahora, engendrado según el misterio, es envuelto por la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5). La Madre acaricia dulcemente al niño en su regazo, el Padre ofrece al Hijo un amoroso testimonio; la Madre lo presenta a los magos para que lo adoren, el Padre lo revela a los pueblos para que le rindan honra.
Hoy, pues, el Señor Jesús vino al bautismo y quiso que su santo cuerpo fuera lavado por el agua. Pero alguien podría preguntar por qué él, que es santo, quiso ser bautizado. Escucha la razón: Cristo no quiso ser bautizado para ser santificado por las aguas, sino para santificarlas él mismo, de modo que, mientras era purificado, fuera él quien purificara aquellas aguas que tocaba. La consagración de Cristo es consagración mayor que la del elemento agua. Mientras el Salvador es lavado, ya entonces es purificada toda el agua para servir a nuestro bautismo y es hecha pura la fuente, para que la gracia del lavacro sea distribuida después a los pueblos futuros. Cristo, pues, se ofrece al bautismo precediéndonos, para que los pueblos cristianos le sigan con confianza.
Penetro en el misterio: en esta perspectiva, la columna de fuego precedió a los hijos de Israel a través del Mar Rojo, para que ellos enfrentaran intrepidos el camino: avanzó por primera vez a través de las aguas para preparar el paso detrás de sí a los que seguían. Este hecho, como dice el Apóstol, fue la señal del bautismo. De cierto modo fue un verdadero bautismo en el que la nube cubría a los hombres, las aguas los llevaban.
Pero todo esto lo cumplió el mismo Cristo Señor, el cual, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en la columna de fuego, así ahora en la columna de su cuerpo, para usar la misma imagen, precede en el bautismo a los pueblos cristianos. La columna, digo, que entonces hizo luz a los ojos de los que seguían, ahora ofrece luz a los corazones de los que creen; entonces fue abierta una vía segura entre las olas, ahora son hechos seguros los pasos en el lavacro de la fe.
De los «Discursos» de San Máximo, obispo de Turín
En el día que llamamos Nacimiento, él nació entre los hombres; hoy renace en la manifestación divina; en aquel día nació de una virgen, hoy es engendrado en el misterio. Antes, naciendo a la manera de los hombres, es estrechado al seno de María; ahora, engendrado según el misterio, es envuelto por la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadle» (Mt 17, 5). La Madre acaricia dulcemente al niño en su regazo, el Padre ofrece al Hijo un amoroso testimonio; la Madre lo presenta a los magos para que lo adoren, el Padre lo revela a los pueblos para que le rindan honra.
Hoy, pues, el Señor Jesús vino al bautismo y quiso que su santo cuerpo fuera lavado por el agua. Pero alguien podría preguntar por qué él, que es santo, quiso ser bautizado. Escucha la razón: Cristo no quiso ser bautizado para ser santificado por las aguas, sino para santificarlas él mismo, de modo que, mientras era purificado, fuera él quien purificara aquellas aguas que tocaba. La consagración de Cristo es consagración mayor que la del elemento agua. Mientras el Salvador es lavado, ya entonces es purificada toda el agua para servir a nuestro bautismo y es hecha pura la fuente, para que la gracia del lavacro sea distribuida después a los pueblos futuros. Cristo, pues, se ofrece al bautismo precediéndonos, para que los pueblos cristianos le sigan con confianza.
Penetro en el misterio: en esta perspectiva, la columna de fuego precedió a los hijos de Israel a través del Mar Rojo, para que ellos enfrentaran intrepidos el camino: avanzó por primera vez a través de las aguas para preparar el paso detrás de sí a los que seguían. Este hecho, como dice el Apóstol, fue la señal del bautismo. De cierto modo fue un verdadero bautismo en el que la nube cubría a los hombres, las aguas los llevaban.
Pero todo esto lo cumplió el mismo Cristo Señor, el cual, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en la columna de fuego, así ahora en la columna de su cuerpo, para usar la misma imagen, precede en el bautismo a los pueblos cristianos. La columna, digo, que entonces hizo luz a los ojos de los que seguían, ahora ofrece luz a los corazones de los que creen; entonces fue abierta una vía segura entre las olas, ahora son hechos seguros los pasos en el lavacro de la fe.
De los «Discursos» de San Máximo, obispo de Turín