La ofrenda de la Iglesia, que el Señor mandó presentar en todo el mundo, es considerada por Dios un sacrificio puro y le es agradable. No que Él necesite el sacrificio de nuestra parte, sino que más bien sucede que el que ofrece, si su don es aceptado, recibe él mismo gloria en lo que ofrece. En efecto, con el don se manifiesta al rey tanto el honor como el amor. Deseando el Señor que lo ofreciéramos en simplicidad y pureza de corazón, nos ha amonestado diciendo: «Si, pues, presentas tu ofrenda sobre el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu don delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a ofrecer tu don» (Mt 5, 23). Es deber ofrecer a Dios las primicias de las cosas creadas, como dice también Moisés: «Ninguno se presentará delante del Señor con las manos vacías» (Ex 23, 15), de modo que el hombre, expresando su gratitud por medio de las cosas que le han sido dadas gratuitamente por Dios, recibirá el honor que de Él proviene.
Siempre se han presentado ofrendas a Dios, antiguamente entre los hebreos, ahora en la Iglesia. Dios aprueba estas últimas, pero no rechazó las primeras. De esto no se puede concluir que sean idénticas. De igual solo hay la apariencia. En efecto, las primeras eran hechas por siervos, las segundas por hijos. Único e idéntico es el Señor, pero la ofrenda de los siervos tiene un carácter propio, y otro, en cambio, la ofrenda de los hijos, para que la libertad sea manifestada también por medio de las ofrendas.
Ante Dios, en efecto, nada es sin valor, ni sin significado. Y por eso aquellos consagraban a Dios solo los diezmos de sus productos, mientras que los que han recibido la libertad de hijos consagran a Dios todo lo que les pertenece: dan con alegría y libertad lo que es de mayor valor, seguros de ser recompensados con los bienes superiores. Hacen lo mismo que aquella pobre viuda del Evangelio, la cual pone en el tesoro del templo todo de lo que vive. Es necesario que hagamos la ofrenda a Dios y nos mostremos en todo agradecidos al Creador, en la sinceridad del lenguaje y en la fe sin hipocresía, en la esperanza firme, en el amor ardiente, ofreciendo las primicias de aquellas cosas creadas que le pertenecen. Solo la Iglesia ofrece a Dios Creador esta ofrenda pura, presentándole en acción de gracias lo que proviene de la acción creadora divina. En efecto, le ofrecemos cosas que son suyas, proclamando de manera conveniente la comunión y la unidad y confesando la resurrección de la carne y del espíritu. Como el pan terreno, después de haber recibido la invocación de Dios, no es ya pan común, sino Eucaristía, y comprende dos realidades, la terrenal y la celestial, así también nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía, no son ya corruptibles, sino que poseen la esperanza de la resurrección.

Del tratado «Contra las herejías» de san Ireneo, obispo