El bienaventurado Apóstol nos ha hecho saber que dos hombres dieron principio al género humano, es decir, Adán y Cristo. Dos hombres iguales en cuanto al cuerpo, pero distintos por mérito. Sumamente semejantes en los miembros, pero en extremo diferentes por su misma origen. «El primer hombre, Adán, llegó a ser alma viviente, pero el último Adán llegó a ser espíritu vivificante» (1 Cor 15, 45).
Ese primero fue creado por este último, del cual recibió el alma para vivir. Este se hizo a sí mismo, porque es tal que no podría esperar la vida de otro, él que es el único que da la vida a todos. Aquel fue modelado de vil lodo, este viene al mundo del noble vientre de la Virgen. En aquel la tierra fue transformada en carne, en este la carne es elevada hasta Dios.
¿Y qué más? Este es el segundo Adán que modeló al primero y le imprimió su propia imagen. Y así sucedió después que él tomó su naturaleza y su nombre, para no tener que perder lo que él había hecho a su imagen. Hay un primer Adán y hay un último Adán. El primero tiene un principio, el último no tiene fin. Es precisamente este último el que es verdaderamente el primero, dado que dice: «Yo soy, yo solo, el primero y también el último» (Is 48, 12).
«Yo soy el primero», es decir, sin principio; «yo soy el último», porque sin fin. «No fue primero el cuerpo espiritual», dice el Apóstol, «sino el animal, y después el espiritual» (1 Cor 15, 46). Ciertamente la tierra viene antes que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto. Aquella requiere lamentos y fatigas, este da alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, diciendo: Nuestra tierra ha dado su fruto (cf. Sal 84, 13). ¿Qué fruto? Evidentemente aquel de que dice en otro lugar: «El fruto de tus entrañas pondré sobre tu trono» (Sal 131, 11). «El primer hombre, tomado de la tierra, dice el Apóstol, es terrenal; el segundo hombre, en cambio, que viene del cielo, es celestial». Y continúa: «Cual es el hombre terrenal, tales son los terrenales, y cual el celestial, tales también los celestiales» (1 Cor 15, 47- 48). ¿Cómo es posible que aquellos que no nacieron tales puedan ser hallados celestiales, no permaneciendo es decir aquello que eran cuando nacieron, sino continuando siendo aquello que llegaron a ser cuando renacieron? Esto, hermanos, es la razón por la cual el Espíritu celestial con su luz divina fecunda la fuente virginal. Aquellos que la fuente lodosos había traído al mundo en la pobre condición de terrenales, la nueva fuente los da a luz celestiales y los conduce a la semejanza de su divino autor. Por tanto, ya regenerados, ya reformados a imagen de nuestro creador, cumplimos lo que manda el Apóstol: «Como llevamos la imagen del hombre terrenal, así llevaremos la imagen del hombre celestial» (1 Cor 15, 49).
Renacidos ya a semejanza de nuestro Señor y adoptados por Dios como hijos, llevemos toda la imagen de nuestro Autor, llevémosla con total semejanza, no en la majestad que solo a él compete, sino en aquella inocencia, sencillez, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia, paz, con la cual se dignó hacerse como nosotros y ser a nosotros semejante.
De los «Discursos» de San Pedro Crisólogo, obispo
Ese primero fue creado por este último, del cual recibió el alma para vivir. Este se hizo a sí mismo, porque es tal que no podría esperar la vida de otro, él que es el único que da la vida a todos. Aquel fue modelado de vil lodo, este viene al mundo del noble vientre de la Virgen. En aquel la tierra fue transformada en carne, en este la carne es elevada hasta Dios.
¿Y qué más? Este es el segundo Adán que modeló al primero y le imprimió su propia imagen. Y así sucedió después que él tomó su naturaleza y su nombre, para no tener que perder lo que él había hecho a su imagen. Hay un primer Adán y hay un último Adán. El primero tiene un principio, el último no tiene fin. Es precisamente este último el que es verdaderamente el primero, dado que dice: «Yo soy, yo solo, el primero y también el último» (Is 48, 12).
«Yo soy el primero», es decir, sin principio; «yo soy el último», porque sin fin. «No fue primero el cuerpo espiritual», dice el Apóstol, «sino el animal, y después el espiritual» (1 Cor 15, 46). Ciertamente la tierra viene antes que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto. Aquella requiere lamentos y fatigas, este da alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, diciendo: Nuestra tierra ha dado su fruto (cf. Sal 84, 13). ¿Qué fruto? Evidentemente aquel de que dice en otro lugar: «El fruto de tus entrañas pondré sobre tu trono» (Sal 131, 11). «El primer hombre, tomado de la tierra, dice el Apóstol, es terrenal; el segundo hombre, en cambio, que viene del cielo, es celestial». Y continúa: «Cual es el hombre terrenal, tales son los terrenales, y cual el celestial, tales también los celestiales» (1 Cor 15, 47- 48). ¿Cómo es posible que aquellos que no nacieron tales puedan ser hallados celestiales, no permaneciendo es decir aquello que eran cuando nacieron, sino continuando siendo aquello que llegaron a ser cuando renacieron? Esto, hermanos, es la razón por la cual el Espíritu celestial con su luz divina fecunda la fuente virginal. Aquellos que la fuente lodosos había traído al mundo en la pobre condición de terrenales, la nueva fuente los da a luz celestiales y los conduce a la semejanza de su divino autor. Por tanto, ya regenerados, ya reformados a imagen de nuestro creador, cumplimos lo que manda el Apóstol: «Como llevamos la imagen del hombre terrenal, así llevaremos la imagen del hombre celestial» (1 Cor 15, 49).
Renacidos ya a semejanza de nuestro Señor y adoptados por Dios como hijos, llevemos toda la imagen de nuestro Autor, llevémosla con total semejanza, no en la majestad que solo a él compete, sino en aquella inocencia, sencillez, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia, paz, con la cual se dignó hacerse como nosotros y ser a nosotros semejante.
De los «Discursos» de San Pedro Crisólogo, obispo