La más fulgida luz de predestinación y de gracia es el mismo Salvador, «el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (1 Tm 2, 5). Con qué antecedentes méritos de obras y de fe la naturaleza humana presente en él hizo que alcanzara tal grado? Que me sea dada una respuesta, por favor. ¿Cómo mereció aquel hombre, asumido por el Verbo coeterno al Padre en la unidad de la persona, ser el Hijo unigénito de Dios? ¿Qué buena obra suya lo precedió? ¿Qué hizo antes, qué creyó, qué pidió, para llegar a esta inefable grandeza? ¿Acaso el Verbo, al crear y asumir al hombre, desde el momento en que comenzó a existir, ese mismo hombre no comenzó a ser el único Hijo de Dios?
Sea para nosotros bien claro que es en nuestra cabeza, Cristo, donde se encuentra la fuente de la gracia, de la cual ella se difunde por todos sus miembros, según la capacidad de cada uno. Por medio de esa gracia todo hombre se hace cristiano al inicio de la fe, y fue también por esa gracia que aquel hombre, desde el principio, se ha hecho Cristo. Este ha renacido del mismo Espíritu, del cual ha nacido aquel otro. Aquel que opera en nosotros la remisión de los pecados es ese mismo Espíritu que preservó a aquel otro de todo pecado. Ciertamente Dios supo con anterioridad lo que iba a realizar. Por tanto, la predestinación de los santos es aquella que tuvo su máximo esplendor en el Santo de los santos. ¿Quién interpreta justamente las palabras de la verdad, cómo puede negar esta doctrina? En efecto, sabemos que el mismo Señor de la gloria, en cuanto el Hijo de Dios se hizo hombre, fue predestinado.
 Jesús, pues, ha sido predestinado. Aquel que debía ser hijo de David según la carne, ha sido predestinado para ser, en la potencia, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad. Hecho es por eso que ha nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María. Y esta ha sido precisamente la empresa singular del hombre, empresa realizada inefablemente por el Dios Verbo, de modo que fuera verdaderamente y propiamente llamado al mismo tiempo Hijo de Dios y Hijo del hombre: hijo del hombre por la naturaleza humana asumida, Hijo de Dios porque quien lo asumía era el Dios Unigénito; porque no se creyera en una cuaternidad en lugar de la Trinidad.
Esta sublimación tan grande, excelentísima y suprema de la naturaleza humana fue predestinada de modo que no pudiera ser más alta. Así, de otra parte, la divinidad no pudo humillarse más por nosotros, que con asumir la naturaleza humana junto con la debilidad de la carne hasta la muerte de cruz. Por tanto, como él solo fue predestinado para ser nuestra cabeza, así hemos sido predestinados muchos para ser sus miembros. Por eso callan aquí los méritos que son perdidos por culpa de Adán, y reine la gracia de Dios que domina por obra de Jesús Cristo nuestro Señor, único Hijo de Dios, único Señor. Cualquiera que haya descubierto que la generación singular de nuestra cabeza se debe a sus méritos anteriores, busque también descubrir en nosotros sus miembros los anteriores méritos de la misma cabeza, a los cuales se debe la regeneración multiplicada.
 
San Agustín, obispo.