Alma mía, te bendice, Señor Dios mío, mi creador: alma mía, te bendice y desde lo más íntimo de mi corazón te alaba tu misma misericordia, con la que tu amor infinito me ha rodeado sin merecerlo. Doy gracias, en la medida de mis fuerzas, a tu inmensa bondad y doy gloria a tu longanimidad, a tu paciencia y a tu indulgencia.
He pasado todos los años de mi infancia, de mi niñez, de mi adolescencia y de mi juventud hasta la edad de veinticinco años como una ciega y una loca. Hablaba y actuaba según mis caprichos y no sentía ningún remordimiento por esta mi conducta. Solo ahora tomo conciencia de ello.
No te prestaba ninguna atención cuando me advertías sobre los peligros de mi comportamiento, ya fuera mediante una cierta aversión natural que sentía hacia el mal, o a través de las atracciones al bien que me impulsaban, o también por medio de los reproches y las reprimendas de mis familiares. Vivía como una pagana que habita entre paganos, como si nunca hubiera oído decir que tú, mi Dios, recompensas el bien y castigas el mal.
Te doy gracias de nuevo porque ya desde la infancia, exactamente desde el quinto año de edad, me elegiste para hacerme vivir entre tus santos amigos en el ámbito de la santa religión.
Por tanto, por la conversión te ofrezco, oh Padre amantísimo, toda la pasión de tu dilectísimo Hijo, comenzando desde el momento en que, recostado sobre la paja del pesebre, emitió su primer llanto y luego soportó las necesidades de la infancia, las privaciones de la adolescencia, los sufrimientos de la juventud, hasta que, inclinada la cabeza, expiró en la cruz con un fuerte grito. Así mismo, para suplir mis negligencias, te ofrezco, oh Padre amantísimo, todo el desarrollo de la santísima vida que tu Unigénito condujo de manera perfectísima en sus pensamientos, palabras y acciones, desde el momento en que fue enviado desde la altura de tu trono a nuestra tierra, hasta que presentó a tu mirada paternal la gloria de su carne victoriosa.
En acción de gracias, me sumerjo en el abismo más profundo de la humildad y, junto con tu inestimable misericordia, alabo y adoro tu dulcísima bondad. Tú, Padre de la misericordia, mientras yo desperdiciaba así mi vida, has tenido pensamientos de paz y no de desgracia en mi favor, y has decidido levantarme así con la multitud y la grandeza de tus beneficios. También has querido, entre otras cosas, concederme la inestimable familiaridad de tu amistad al abrirme de diversas maneras ese nobilísimo cofre de la divinidad, que es tu corazón divino, y ofrecerme en él, en gran abundancia, todo tesoro de alegría.
Has atraído mi alma con la segura promesa de los beneficios que me darás en la muerte y después de la muerte. Por lo cual, aunque no tuviera otro don, por este solo mi corazón tendría todo derecho de anhelarte con viva esperanza.
De las «Revelaciones del amor divino» de Santa Juana de la Cruz, virgen
He pasado todos los años de mi infancia, de mi niñez, de mi adolescencia y de mi juventud hasta la edad de veinticinco años como una ciega y una loca. Hablaba y actuaba según mis caprichos y no sentía ningún remordimiento por esta mi conducta. Solo ahora tomo conciencia de ello.
No te prestaba ninguna atención cuando me advertías sobre los peligros de mi comportamiento, ya fuera mediante una cierta aversión natural que sentía hacia el mal, o a través de las atracciones al bien que me impulsaban, o también por medio de los reproches y las reprimendas de mis familiares. Vivía como una pagana que habita entre paganos, como si nunca hubiera oído decir que tú, mi Dios, recompensas el bien y castigas el mal.
Te doy gracias de nuevo porque ya desde la infancia, exactamente desde el quinto año de edad, me elegiste para hacerme vivir entre tus santos amigos en el ámbito de la santa religión.
Por tanto, por la conversión te ofrezco, oh Padre amantísimo, toda la pasión de tu dilectísimo Hijo, comenzando desde el momento en que, recostado sobre la paja del pesebre, emitió su primer llanto y luego soportó las necesidades de la infancia, las privaciones de la adolescencia, los sufrimientos de la juventud, hasta que, inclinada la cabeza, expiró en la cruz con un fuerte grito. Así mismo, para suplir mis negligencias, te ofrezco, oh Padre amantísimo, todo el desarrollo de la santísima vida que tu Unigénito condujo de manera perfectísima en sus pensamientos, palabras y acciones, desde el momento en que fue enviado desde la altura de tu trono a nuestra tierra, hasta que presentó a tu mirada paternal la gloria de su carne victoriosa.
En acción de gracias, me sumerjo en el abismo más profundo de la humildad y, junto con tu inestimable misericordia, alabo y adoro tu dulcísima bondad. Tú, Padre de la misericordia, mientras yo desperdiciaba así mi vida, has tenido pensamientos de paz y no de desgracia en mi favor, y has decidido levantarme así con la multitud y la grandeza de tus beneficios. También has querido, entre otras cosas, concederme la inestimable familiaridad de tu amistad al abrirme de diversas maneras ese nobilísimo cofre de la divinidad, que es tu corazón divino, y ofrecerme en él, en gran abundancia, todo tesoro de alegría.
Has atraído mi alma con la segura promesa de los beneficios que me darás en la muerte y después de la muerte. Por lo cual, aunque no tuviera otro don, por este solo mi corazón tendría todo derecho de anhelarte con viva esperanza.
De las «Revelaciones del amor divino» de Santa Juana de la Cruz, virgen