Las palabras que hemos cantado contienen nuestra pública profesión de que somos rebaño de Dios: «Reconoced que el Señor es Dios, él nos ha hecho y nosotros somos suyos» (Sal 99, 3). Él es nuestro Dios; «nosotros el pueblo de su pastoreo, el rebaño que él conduce» (Sal 94, 7). Los pastores, que son hombres, no han hecho las ovejas que poseen, no han creado las ovejas que apacientan. En cambio el Señor Dios nuestro, porque es Dios y creador, se ha procurado el rebaño que él posee y que lleva al pastoreo. Ni otro ha creado lo que él apacienta, ni otro apacienta lo que él ha creado.
Puesto que hemos proclamado en este salmo que somos su rebaño, pueblo de su pastoreo, ovejas de sus manos, escuchemos lo que él dice a nosotros como a su rebaño. Otras veces hablaba a los pastores. Ahora en cambio habla al rebaño. En aquellas sus palabras nosotros escuchábamos con temor, vosotros con seguridad. Por lo tanto, ¿qué brotará de estas palabras de hoy? ¿Acaso la situación se invertirá y nosotros escucharemos con seguridad, y vosotros con temor? En absoluto. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor escucha con temor no solamente lo que se dirige a los pastores, sino también lo que se dirige al rebaño. Quien escucha con indiferencia lo que concierne a las ovejas, demuestra de no tener ninguna preocupación por el rebaño. En segundo lugar ya hemos expuesto a vuestra caridad dos puntos que deben ser considerados atentamente: que es decir que somos también cristianos, además de ser jefes. Por el hecho de que somos cristianos, también nosotros formamos parte del rebaño con vosotros. Por lo tanto, ya sea que el Señor hable a los pastores, ya que hable al rebaño, nosotros debemos escuchar toda su enseñanza con temor, y la preocupación no debe alejarse de nuestros corazones.
Y entonces, hermanos, escuchemos cómo el Señor reprende a las ovejas malas y qué promete a las ovejas suyas. Dice: «Vosotros, mis ovejas» (Ez 34, 31). Hermanos, ¡qué gran alegría ser el rebaño de Dios! Es un hecho que genera gran gozo también en medio de las lágrimas y las tribulaciones de esta tierra. En efecto, aquel a quien se le dijo: «Tú que apacientas a Israel», es el mismo de quien se afirma: «No se dormirá, no tomará sueño el guardián de Israel» (Sal 120, 4). Él, pues, vela sobre nosotros cuando nosotros velamos, vela también cuando nosotros dormimos. Por lo tanto, si un rebaño humano se considera seguro bajo un pastor humano, ¿cuánto mayor debe ser nuestra seguridad cuando es Dios quien nos apacienta! Y no solamente porque nos apacienta, sino también porque nos ha creado.
A vosotros que sois mi rebaño estas cosas dice el Señor Dios: He aquí, yo juzgo entre oveja y oveja, y entre carneros y machos cabríos (cfr. Ez 34, 17). ¿Qué hacen aquí en el rebaño de Dios los machos cabríos? En los mismos pastos, junto a las mismas fuentes? También aquellos intrusos destinados a la izquierda se han mezclado con los elegidos, destinados a la derecha. Pero ahora son tolerados, luego, sin embargo, serán separados. Y aquí se ejercita la paciencia de las ovejas a semejanza de la paciencia de Dios. De él, en efecto, será operada aquella separación que llevará a unos a la izquierda, y a otros a la derecha.
De los «Discursos» de San Agustín, obispo
Puesto que hemos proclamado en este salmo que somos su rebaño, pueblo de su pastoreo, ovejas de sus manos, escuchemos lo que él dice a nosotros como a su rebaño. Otras veces hablaba a los pastores. Ahora en cambio habla al rebaño. En aquellas sus palabras nosotros escuchábamos con temor, vosotros con seguridad. Por lo tanto, ¿qué brotará de estas palabras de hoy? ¿Acaso la situación se invertirá y nosotros escucharemos con seguridad, y vosotros con temor? En absoluto. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor escucha con temor no solamente lo que se dirige a los pastores, sino también lo que se dirige al rebaño. Quien escucha con indiferencia lo que concierne a las ovejas, demuestra de no tener ninguna preocupación por el rebaño. En segundo lugar ya hemos expuesto a vuestra caridad dos puntos que deben ser considerados atentamente: que es decir que somos también cristianos, además de ser jefes. Por el hecho de que somos cristianos, también nosotros formamos parte del rebaño con vosotros. Por lo tanto, ya sea que el Señor hable a los pastores, ya que hable al rebaño, nosotros debemos escuchar toda su enseñanza con temor, y la preocupación no debe alejarse de nuestros corazones.
Y entonces, hermanos, escuchemos cómo el Señor reprende a las ovejas malas y qué promete a las ovejas suyas. Dice: «Vosotros, mis ovejas» (Ez 34, 31). Hermanos, ¡qué gran alegría ser el rebaño de Dios! Es un hecho que genera gran gozo también en medio de las lágrimas y las tribulaciones de esta tierra. En efecto, aquel a quien se le dijo: «Tú que apacientas a Israel», es el mismo de quien se afirma: «No se dormirá, no tomará sueño el guardián de Israel» (Sal 120, 4). Él, pues, vela sobre nosotros cuando nosotros velamos, vela también cuando nosotros dormimos. Por lo tanto, si un rebaño humano se considera seguro bajo un pastor humano, ¿cuánto mayor debe ser nuestra seguridad cuando es Dios quien nos apacienta! Y no solamente porque nos apacienta, sino también porque nos ha creado.
A vosotros que sois mi rebaño estas cosas dice el Señor Dios: He aquí, yo juzgo entre oveja y oveja, y entre carneros y machos cabríos (cfr. Ez 34, 17). ¿Qué hacen aquí en el rebaño de Dios los machos cabríos? En los mismos pastos, junto a las mismas fuentes? También aquellos intrusos destinados a la izquierda se han mezclado con los elegidos, destinados a la derecha. Pero ahora son tolerados, luego, sin embargo, serán separados. Y aquí se ejercita la paciencia de las ovejas a semejanza de la paciencia de Dios. De él, en efecto, será operada aquella separación que llevará a unos a la izquierda, y a otros a la derecha.
De los «Discursos» de San Agustín, obispo