La oración de los salmos es el instrumento musical de las virtudes
¿Qué cosa más dulce que un salmo? Por eso el mismo David dice espléndidamente: «Alabad al Señor: es agradable cantar a nuestro Dios, dulce es alabarlo como a él conviene» (Sal 146, 1). ¡Verdaderamente! El salmo es, en efecto, bendición para los fieles, alabanza a Dios, himno del pueblo, aclamación de todos, palabra universal, voz de la Iglesia, profesión y canto de fe, expresión de auténtica devoción, alegría de libertad, grito de júbilo, sonido de gozo. Mitiga la ira, libera de las preocupaciones, levanta de la tristeza. Es protección en la noche, instrucción en el día, escudo en el temor, fiesta en la santidad, imagen de tranquilidad, prenda de paz y de concordia que, a modo de cítara, de voces múltiples y diferentes saca una única melodía. El salmo canta el amanecer, el salmo hace resonar el ocaso.
En el salmo el gusto compite con la instrucción. Al mismo tiempo se canta por deleite y se aprende por amonestación. ¿Qué cosa es que no encuentres cuando lees los salmos? En ellos leo: «Canto de amor» (Sal 44, 1) y me siento inflamado por el deseo de un santo amor. En ellos paso en revista las gracias de la revelación, los testimonios de la resurrección, los dones de la promesa. En ellos aprendo a evitar el pecado, y a no avergonzarme de la penitencia por los pecados.
¿Qué cosa es, pues, el salmo, si no el instrumento musical de las virtudes, tocando el cual con la púa del Espíritu Santo, el venerable profeta hace resonar en la tierra la dulzura del sonido celestial? Modulaba los acordes de voces diferentes en las cuerdas de la lira y de la arpa, que son restos de animales muertos, y así eleva hacia el cielo el canto de la divina alabanza. De este modo nos enseñaba que primero se debe morir al pecado y solamente después se puede establecer en este cuerpo la variedad de las diferentes obras de virtud con las cuales rendir al Señor el homenaje de nuestra devoción.
David nos ha enseñado, pues, que hay que cantar, que hay que salmodiar en el íntimo del corazón como cantaba también Pablo diciendo: «Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Cor 14, 15). David nos ha dicho que hay que formar nuestra vida y nuestros actos a la contemplación de las cosas supernas, porque el placer de la dulzura no excite las pasiones del cuerpo, de las cuales nuestro alma está oprimida y no liberada.
El santo profeta nos ha recordado que él salmodiaba para liberar su alma y por esto dijo: «Te cantaré sobre la cítara, oh santo de Israel. Cantando tus alabanzas exultarán mis labios y mi vida, que tú has redimido» (Sal 70, 22-23).
San Ambrosio, obispo