Así, lavada y rica de tal vestimenta, la hueste de los neófitos avanza hacia los altares de Cristo diciendo: «Vendré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo» (Sal 42, 4). En efecto, depuestas las vestiduras del antiguo error, y renovada en la juventud del águila (cf. Sal 102, 5), se apresura a acudir a aquel banquete celestial. Viene, pues, y viendo el sagrado altar todo adornado, exclama: «Delante de mí preparas una mesa» (Sal 22, 5). David hace así hablar a cada una de las nuevas reclutas: «El Señor es mi pastor: no me falta nada; en verdes praderas me hace recostar, me conduce junto a aguas de reposo». Y más adelante: «Aunque caminara por valle tenebroso, no temería mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me infunden aliento. Delante de mí preparas una mesa, a la vista de mis enemigos; unges con óleo mi cabeza; mi copa rebosa» (Sal 22, 1-5).
Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para los padres y que se nutrieran con un alimento diario descendido del cielo. Por lo cual fue dicho: «El hombre comió el pan de los ángeles» (Sal 77, 25). Pero aquellos que comieron aquel pan «murieron todos» en el desierto; en cambio, este alimento que tú recibes, este «pan vivo descendido del cielo» (Jn 6, 51) suministra el sustento de la vida eterna, y cualquiera que haya comido de él «no morirá en eterno» (Jn 11, 26) porque es el cuerpo de Cristo.
Ahora presta atención si es más excelente el pan de los ángeles comido por los hebreos en el desierto o la carne de Cristo, la cual es indudablemente un cuerpo que da la vida. Aquel maná venía del cielo, este cuerpo está por encima del cielo. Aquel era del cielo, este del Señor de los cielos. Aquel, si se conservaba para el día siguiente, se corrompía. Este está libre de toda corrupción. Quien lo saborea con sagrada reverencia no podrá caer en la corrupción. Para los hebreos brotó agua de la roca, para ti sangre del Cristo. El agua los sació por un momento, a ti, en cambio, la sangre lava para siempre. El judío bebe y tiene sed, tú, cuando hayas bebido, no podrás tener jamás más sed. Aquel acontecimiento era figura, este es verdad.
Si aquello que tú admiras es sombra, ¡cuán grande es la realidad presente de la que admiras la sombra! Escucha cómo es sombra aquello que se verificó junto a los padres: «Beían», dice, «de una roca que los acompañaba, y aquella roca era el Cristo. Pero de la mayoría de ellos Dios no se complació y por eso fueron derribados en el desierto. Ahora esto sucedió como ejemplo, para nosotros» (1 Cor 10, 4-6). Has conocido lo que vale más: es mejor la luz que la sombra, mejor la verdad que la figura, mejor el cuerpo del Creador que el maná del cielo.
Del tratado «Sobre los misterios» de San Ambrosio, obispo
Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para los padres y que se nutrieran con un alimento diario descendido del cielo. Por lo cual fue dicho: «El hombre comió el pan de los ángeles» (Sal 77, 25). Pero aquellos que comieron aquel pan «murieron todos» en el desierto; en cambio, este alimento que tú recibes, este «pan vivo descendido del cielo» (Jn 6, 51) suministra el sustento de la vida eterna, y cualquiera que haya comido de él «no morirá en eterno» (Jn 11, 26) porque es el cuerpo de Cristo.
Ahora presta atención si es más excelente el pan de los ángeles comido por los hebreos en el desierto o la carne de Cristo, la cual es indudablemente un cuerpo que da la vida. Aquel maná venía del cielo, este cuerpo está por encima del cielo. Aquel era del cielo, este del Señor de los cielos. Aquel, si se conservaba para el día siguiente, se corrompía. Este está libre de toda corrupción. Quien lo saborea con sagrada reverencia no podrá caer en la corrupción. Para los hebreos brotó agua de la roca, para ti sangre del Cristo. El agua los sació por un momento, a ti, en cambio, la sangre lava para siempre. El judío bebe y tiene sed, tú, cuando hayas bebido, no podrás tener jamás más sed. Aquel acontecimiento era figura, este es verdad.
Si aquello que tú admiras es sombra, ¡cuán grande es la realidad presente de la que admiras la sombra! Escucha cómo es sombra aquello que se verificó junto a los padres: «Beían», dice, «de una roca que los acompañaba, y aquella roca era el Cristo. Pero de la mayoría de ellos Dios no se complació y por eso fueron derribados en el desierto. Ahora esto sucedió como ejemplo, para nosotros» (1 Cor 10, 4-6). Has conocido lo que vale más: es mejor la luz que la sombra, mejor la verdad que la figura, mejor el cuerpo del Creador que el maná del cielo.
Del tratado «Sobre los misterios» de San Ambrosio, obispo