Salud a vosotros en la paz, hijos e hijas, en el nombre del Señor que nos amó. Grandes y copiosas son las gracias que Dios os ha concedido. Por eso me alegro mucho sabiendo cuán bellas y alegres son vuestras almas por la gracia y los dones espirituales que han recibido. Pero aún mayor es mi gozo al sentir nacer en mí una viva esperanza de salvación al ver con cuánta generosidad la fuente divina ha derramado sobre vosotros su Espíritu. ¡Verdaderamente espléndido es el espectáculo que habéis ofrecido a mi vista!
Convencido de haberme beneficiado mucho en el santo camino del Señor al hablar con vosotros, me siento impulsado a amaros más que a mi propia vida, también porque veo en vosotros gran fe y caridad por la esperanza de la vida divina.
Por el amor que os tengo quiero poner en común con vosotros lo que he recibido, seguro de recibir beneficio del servicio que os presto. Os escribo, pues, algunas cosas para que vuestra fe llegue a ser conocimiento perfecto.
Tres son las grandes realidades reveladas por el Señor: la esperanza de la vida, principio y fin de nuestra fe; la salvación, principio y fin del plan de Dios; su deseo de hacernos felices, prenda y promesa de todas sus intervenciones salvíficas.
El Señor nos ha hecho comprender, por medio de los profetas, las cosas pasadas y presentes, y nos ha puesto en capacidad de saborear las primicias de las cosas futuras. Y puesto que vemos realizarse cada una de ellas tal como ha dicho, debemos avanzar cada vez más en el camino del santo temor de Dios.
De mi parte quiero indicaros algunas cosas que aprovechen a vuestro bien ya en el presente. Os hablo, sin embargo, no como maestro, sino como hermano.
Los tiempos son malos y domina el Maligno con su actividad diabólica. Cuidemos, pues, de nosotros mismos y busquemos cuidadosamente las voluntades del Señor. El temor y la paciencia deben ser el sostén de nuestra fe, la longanimidad y la continencia nuestras aliadas en la lucha. Si practicamos estas virtudes y nos comportamos como conviene ante el Señor, tendremos la sabiduría, el entendimiento, la ciencia y el conocimiento. Estas son las cosas que Dios quiere de nosotros. El Señor, en efecto, nos ha enseñado por medio de todos los profetas que él no necesita sacrificios, ni holocaustos, ni ofrendas. ¿Qué me importan, dice, vuestros sacrificios sin número? Estoy harto de los holocaustos de carneros y de la grasa de los becerros; la sangre de toros y de corderos y de cabritos no la acepto. No os presentéis tampoco delante de mí para ser vistos. En efecto, ¿quién ha pedido jamás tales cosas de vuestras manos? No os atreváis a pisar mis atrios. Si me ofrecéis flor de harina, será en vano; el incienso es un abominación para mí. Vuestros novilunios y vuestros sábados no los puedo soportar (cf. Is 1, 11-13).

De la «Carta», llamada de Bernabé