La humanidad de Cristo salva nuestra humanidad
El Verbo de Dios, inmaterial y desprovisto de sustancia corruptible, se estableció entre nosotros, aunque antes no estaba lejos de nosotros. Ninguna región del universo, en efecto, estuvo jamás privada de él, porque, existiendo junto con su Padre, llenaba toda realidad con su presencia.
Vino, pues, por amor hacia nosotros y se nos manifestó de manera sensible. Tomado de compasión por el género humano y nuestra flaqueza, y movido por nuestra miseria, no quiso que fuéramos víctimas de la muerte. No quiso que lo que había sido creado se perdiera, que la obra creadora del Padre hacia la humanidad fuera anulada. Por eso él mismo tomó un cuerpo, y un cuerpo igual al nuestro, porque no quiso simplemente habitar un cuerpo ni solo parecer hombre. Si de hecho hubiera querido solo aparecer como hombre, habría podido elegir un cuerpo mejor. En cambio, eligió precisamente el nuestro.
Él mismo se construyó en la Virgen un templo, es decir, el cuerpo, y, habitándolo, lo hizo un elemento para poder manifestarse. Tomó un cuerpo sujeto, como el nuestro, a la caducidad y, en su inmenso amor, lo ofreció al Padre aceptando la muerte. Así anuló la ley de la muerte en todos aquellos que morirían en comunión con él. Sucedió que la muerte, al herirlo, se agotó completamente en su esfuerzo, perdiendo toda posibilidad de dañar a otros. Los hombres, caídos en la mortalidad, fueron hechos inmortales por él y conducidos de la muerte a la vida. En efecto, en virtud del cuerpo que había asumido y de la resurrección que había conseguido, destruyó la muerte como el fuego destruye una hojita seca. Él, pues, tomó un cuerpo mortal para que este, hecho partícipe del Verbo soberano, pudiera satisfacer a la muerte por todos. El cuerpo asumido, porque habitado por el Verbo, se hizo inmortal y, mediante la resurrección, remedio de inmortalidad para nosotros. Ofreció a la muerte en sacrificio y víctima purísima el cuerpo que había tomado y, ofreciendo su cuerpo por los otros, liberó de la muerte a sus semejantes.
El Verbo de Dios, superior a todos, ofreció y consagró para todos el templo de su cuerpo y vertió a la muerte el precio que le era debido. De este modo, el inmortal Hijo de Dios, solidario con todos por el común cuerpo de muerte, con la promesa de la resurrección hizo inmortales a todos en virtud de la justicia. La muerte ya no tiene ninguna eficacia sobre los hombres por mérito del Verbo, que ha puesto en ellos su morada mediante un cuerpo idéntico al suyo.
Santo Atanasio, obispo