El pastor sea prudente en el silencio y oportuno en el habla, para no decir lo que es deber callar ni pasar por alto lo que debe ser revelado. Un discurso imprudente arrastra al error, así como un silencio inoportuno deja en una condición falsa a quienes podrían haberla evitado. A menudo los pastores imprudentes, por miedo a perder el favor de los hombres, no se atreven a decir libremente lo que es justo y, al decir de Cristo que es la verdad, ya no cuidan el rebaño con amor de pastores, sino como mercenarios. Huyen ante la llegada del lobo, escondiéndose en el silencio.

El Señor los reprende por medio del Profeta, diciendo: «Son todos perros mudos, incapaces de ladrar» (Is 56, 10), y hace oír aún su queja: «No subisteis a las brechas ni levantasteis baluarte para defender a Israel, a fin de que pudieran resistir en el combate en el día del Señor» (Ez 13, 5). Subir a las brechas significa oponerse a los poderosos de este mundo con libertad de palabra en defensa del rebaño. Resistir en el combate en el día del Señor quiere decir hacer frente, por amor a la justicia, a la guerra de los malvados.
Así, pues, para un pastor, ¿qué es el miedo a decir la verdad, sino dar la espalda al enemigo con su silencio? Si, en cambio, lucha en defensa del rebaño, levanta contra los enemigos un baluarte para la casa de Israel. Por eso al pueblo que volvía a caer en la infidelidad se le dijo: «Tus profetas tuvieron para ti visiones vanas e insulsas, no revelaron tus iniquidades, para cambiar tu suerte» (Lam 2, 14). En la Sagrada Escritura, con el nombre de profetas se llaman a veces a aquellos maestros que, mientras muestran la caducidad de las cosas presentes, manifiestan las futuras.

La palabra de Dios los reprende de ver cosas falsas, porque, por temor a reprender las culpas, halagan en vano a los culpables con promesas de seguridad, y no revelan la iniquidad de los pecadores, a quienes nunca dirigen una palabra de reproche.

La reprensión es una llave. Abre, en efecto, la conciencia para ver la culpa, que a menudo es ignorada incluso por quien la ha cometido. Por esto Pablo dice: «Para que sea capaz de exhortar con su sana doctrina y de refutar a los que contradicen» (Tt 1, 9). Y también el profeta Malaquías afirma: «Los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia y de su boca se busca la instrucción, porque él es mensajero del Señor de los ejércitos» (Ml 2, 7).

Por esto el Señor amonesta por boca de Isaías: «Grita a voz en cuello, no tengas consideración; como una trompeta alza la voz» (Is 58, 1).

Cualquiera que accede al sacerdocio se asume el encargo de araldo, y avanza gritando antes de la llegada del juez, que lo seguirá con aspecto terrible. Pero si el sacerdote no sabe cumplir el ministerio de la predicación, él, araldo mudo cual es, ¿cómo hará oír su voz? Por esto el Espíritu Santo se posó sobre los primeros pastores bajo forma de lenguas, y hizo capaces de anunciarlo a quienes él había llenado.

San Gregorio Magno, papa