Somos verdaderamente bienaventurados si aquello que escuchamos, o cantamos, lo ponemos también en práctica. En efecto, nuestro escuchar representa la siembra, mientras que en la obra tenemos el fruto de la semilla. Dicho esto, quisiera exhortaros a no ir a la iglesia y luego quedar sin fruto, es decir, a escuchar tantas bellas verdades sin luego moveros a la acción.
Sin embargo, no olvidemos lo que nos dice el Apóstol: «Por esta gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, sino es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2, 8-9). Repite: «Por gracia sois salvos» (Ef 2, 5).
En realidad, no había antes en vuestra vida nada bueno que Dios pudiera apreciar y amar, como si hubiera tenido que decirse a sí mismo: «Vamos, socorramos a estos hombres, porque su vida es buena». No podía agradarle nuestra vida con nuestro modo de actuar, pero no podía desagradarle aquello que él mismo había operado por nosotros. Por tanto, condenará nuestra obra, pero salvará aquello que él mismo ha creado.
Así pues, no éramos verdaderamente buenos. A pesar de ello, Dios tuvo compasión de nosotros y envió a su Hijo, para que muriera, no ya por los buenos, sino por los malos, no por los justos, sino por los impíos. Justamente así: «Cristo murió por los impíos» (Rm 5, 6). Y qué añade: «Ahora bien, difícilmente muere alguno por un justo», a lo sumo «quizá alguno tenga el valor de morir por una persona buena» (Rm 5, 7). Puede que alguien tenga la fuerza de morir por el justo. Pero por el injusto, el impío, el iniquo, ¿quién aceptaría morir, si no Cristo solamente, que es tan justo que puede justificar también a los injustos?
Como veis, hermanos, no teníamos obras buenas, sino que todas eran malas. Sin embargo, siendo tales las obras de los hombres, la misericordia divina no los abandonó. Antes bien, Dios envió a su Hijo a redimirnos no con oro ni con plata, sino al precio de su sangre, que él, cual Cordero inmaculado conducido al sacrificio, derramó por las ovejas manchadas, si acaso solo manchadas y no del todo corrompidas.
Esta es la gracia que hemos recibido. Vivamos, pues, de manera digna de ella, para no hacer ultraje a un don tan grande. Nos ha venido al encuentro un médico tan bueno y valiente que nos libera de todos nuestros males. Si queremos volver a caer en la enfermedad, no solo causaremos daño a nosotros mismos, sino que nos mostraremos también ingratos hacia nuestro médico.
Sigamos, pues, los caminos que él nos ha mostrado, especialmente el camino de la humildad, aquel por el cual él mismo se encaminó. En efecto, nos trazó el camino de la humildad con su enseñanza y lo recorrió hasta el fondo, sufriendo por nosotros.
Porque el que era inmortal pudiera morir por nosotros, «el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). El inmortal asumió la mortalidad, para poder morir por nosotros y destruir así con su muerte nuestra muerte.
Esto ha cumplido el Señor, en esto nos ha precedido. Él que es grande se humilló, humillado fue muerto, muerto resucitó y fue exaltado para no dejarnos en el infierno, sino para exaltar en sí, en la resurrección de los muertos, a aquellos que en esta tierra había exaltado solamente en la fe y en la confesión de los justos. Así pues, nos ha pedido que sigamos el camino de la humildad: si lo haremos, daremos gloria al Señor y con razón podremos cantar: «Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocamos tu nombre» (Sal 74, 2).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo
Sin embargo, no olvidemos lo que nos dice el Apóstol: «Por esta gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, sino es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2, 8-9). Repite: «Por gracia sois salvos» (Ef 2, 5).
En realidad, no había antes en vuestra vida nada bueno que Dios pudiera apreciar y amar, como si hubiera tenido que decirse a sí mismo: «Vamos, socorramos a estos hombres, porque su vida es buena». No podía agradarle nuestra vida con nuestro modo de actuar, pero no podía desagradarle aquello que él mismo había operado por nosotros. Por tanto, condenará nuestra obra, pero salvará aquello que él mismo ha creado.
Así pues, no éramos verdaderamente buenos. A pesar de ello, Dios tuvo compasión de nosotros y envió a su Hijo, para que muriera, no ya por los buenos, sino por los malos, no por los justos, sino por los impíos. Justamente así: «Cristo murió por los impíos» (Rm 5, 6). Y qué añade: «Ahora bien, difícilmente muere alguno por un justo», a lo sumo «quizá alguno tenga el valor de morir por una persona buena» (Rm 5, 7). Puede que alguien tenga la fuerza de morir por el justo. Pero por el injusto, el impío, el iniquo, ¿quién aceptaría morir, si no Cristo solamente, que es tan justo que puede justificar también a los injustos?
Como veis, hermanos, no teníamos obras buenas, sino que todas eran malas. Sin embargo, siendo tales las obras de los hombres, la misericordia divina no los abandonó. Antes bien, Dios envió a su Hijo a redimirnos no con oro ni con plata, sino al precio de su sangre, que él, cual Cordero inmaculado conducido al sacrificio, derramó por las ovejas manchadas, si acaso solo manchadas y no del todo corrompidas.
Esta es la gracia que hemos recibido. Vivamos, pues, de manera digna de ella, para no hacer ultraje a un don tan grande. Nos ha venido al encuentro un médico tan bueno y valiente que nos libera de todos nuestros males. Si queremos volver a caer en la enfermedad, no solo causaremos daño a nosotros mismos, sino que nos mostraremos también ingratos hacia nuestro médico.
Sigamos, pues, los caminos que él nos ha mostrado, especialmente el camino de la humildad, aquel por el cual él mismo se encaminó. En efecto, nos trazó el camino de la humildad con su enseñanza y lo recorrió hasta el fondo, sufriendo por nosotros.
Porque el que era inmortal pudiera morir por nosotros, «el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). El inmortal asumió la mortalidad, para poder morir por nosotros y destruir así con su muerte nuestra muerte.
Esto ha cumplido el Señor, en esto nos ha precedido. Él que es grande se humilló, humillado fue muerto, muerto resucitó y fue exaltado para no dejarnos en el infierno, sino para exaltar en sí, en la resurrección de los muertos, a aquellos que en esta tierra había exaltado solamente en la fe y en la confesión de los justos. Así pues, nos ha pedido que sigamos el camino de la humildad: si lo haremos, daremos gloria al Señor y con razón podremos cantar: «Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocamos tu nombre» (Sal 74, 2).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo